viernes, 20 de mayo de 2011

El "absentismo parental"


Desde hace ya más de dos décadas que el tema de los “niños monstruos”, referido a aquellos hijos e hijas convertidos para sus padres en un auténtico desafío por su tiranía, agresividad e indisciplina, saltó a la palestra en Estados Unidos y en Europa. Niños de tres o cuatro años en adelante que ponían en jaque la autoridad paterna, las reglas y normas del hogar, y el respeto a la integridad de sus progenitores. Veinte años después el tema sigue vigente, aunque ya se ha convertido en una materia que ha superado los límites familiares para pasar a ser una cuestión de índole social. Ya por ese entonces, los investigadores (psicólogos, sociólogos, pediatras, etc.) se preguntaban por las causas de dicho fenómeno y la respuesta resultó ser bastante simple: los estilos educacionales de los padres modernos, huyendo de la rigidez y la marcada jerarquización de antaño, habían cambiado y dado pie a otros mucho más permisivos, supuestamente más libres y respetuosos de la expresividad del niño/a pero que, a la luz de los resultados, demostraron estar mal concebidos y peor ejecutados. Dos décadas después de expuesto el fenómeno, muchos países han ido observando cómo la tendencia delictual vinculada a menores de edad se ha ido incrementando alarmantemente. Cada vez es mayor el número de delitos provocados por niños/as menores de 18 años y cada vez menor la edad a la que se comienza a delinquir. Obviamente que este hecho no sólo implica a menores de edad cometiendo crímenes y causando víctimas, sino un incremento, asimismo, de su vulnerabilidad y su tendencia a ser, a su vez, victimizados.


En Chile, como en otros muchos otros países del mundo en vías de desarrollo, este tipo de tendencias nos llegan con años de retraso, pero finalmente nos llegan. Sin ánimo de estigmatizar a nadie, creo que todos hemos sido testigos de los numerosos aspectos en los que las vidas de nuestros adolescentes y jóvenes se ven envueltos, hoy en día, en delitos violentos (robos a mano armada, violaciones, homicidios), acciones violentistas (revueltas callejeras), agresiones intraescolares (el ya famoso fenómeno del “bulling” o matonismo) y eso destacando sólo los aspectos en que la violencia hacia otros se pone de manifiesto. Por otro lado, tenemos toda una serie de eventos relacionados con el consumo y abuso de alcohol y drogas, con el consiguiente detrimento en la calidad de vida y el desempeño escolar y académico de los niños/as y adolescentes, del cual no sólo podemos responsabilizar a las capacidades infraestructurales o financieras del establecimiento escolar (tema muy en boga actualmente por la polémica LGE), sino a la disposición personal, la orientación hacia el logro o la motivación interna de los alumnos, de su interés por los estudios, y este aspecto está tan relacionado con el espíritu y las actividades que promueva el centro escolar como con la calidad de las relaciones que el niño, adolescente y joven tiene con su medio y con sus seres queridos, sobre todo con sus padres.


Es un hecho que hoy en día las relaciones paterno filiales no son iguales a las de antaño, y es también un hecho que no son mejores. Sin intención de caer en la vieja cantinela de “todo tiempo pasado fue mejor”, la realidad es ésta: los niños/as y adolescentes chilenos están demostrando actitudes, conductas y motivaciones que delatan que algo no está funcionando bien en el ámbito familiar. Una tendencia preocupante a la falta de empatía, al egocentrismo recalcitrante, a no valorar el esfuerzo paterno por salir adelante, a ser absorbidos por una sociedad basada en el consumo y la tenencia de cosas, a considerar que no tienen que esforzarse por nada porque para eso están los padres proveedores, a pasar a llevar la autoridad paterna y materna, a defender a ultranza sus derechos mientras, en paralelo, hacen todo lo posible por eludir sus responsabilidades son algunas de las características que pueden observarse en muchos niños/as y adolescentes en la actualidad. Muchos padres, alentados por teorías psicopedagógicas tan maravillosas como peligrosas por su falta de rigurosidad y huyendo del modelo rígido vivido en su propia infancia, fueron buscando estilos de educación y formación que buscaran una mayor “democratización” del ámbito familiar, sin caer en la cuenta de que una relación padres-hijos, por definición y para su propia conservación, nunca podrá ser democrática. Y esto, que suena tan feo y que hará arrugar la nariz de más de uno/a, es una verdad como una casa, porque los roles de padre, de madre y de hijo/a son roles muy delicados, que necesitan de una definición clara, sin fisuras y con límites claros, pues cuando estos se pierden, se pierde el rol en sí, y en ese momento no es sólo la relación la que se pone en peligro sino el desarrollo y construcción completa de nuestros hijos como seres humanos. Toda relación padres e hijos necesita de una jerarquía y de un respeto a los espacios y a los límites como tales para que se desarrolle de forma productiva y feliz para todos. El hijo que crece en un hogar sin límites claros, sin reglas mínimas, sin hábitos en sus horarios, sin normas que lo guíen, sin pautas que le ayuden a saber hacia dónde dirigirse y sin respeto a la autoridad de sus padres, por un lado está creciendo con la enorme responsabilidad (que su inmadurez emocional no maneja adecuadamente) de tener que decidir por sí mismo en materias donde aún necesita guía y apoyo y, por otra, al no tener figuras de autoridad a las que enfrentarse cuando llegue a la adolescencia (etapa donde la rebeldía y la autodeterminación comienzan a aflorar) ¿contra qué se va a rebelar si sus padres hace tiempo ya que le permitieron todo o casi todo?


Creo importante aclarar que cuando hablo de autoridad no estoy hablando de autoritarismo, que cuando hablo de reglas y normas no estoy hablando del “come y calla” y que cuando hablo de jerarquía y disciplina no estoy hablando de tiranías. Este tema me parece demasiado serio como para perder el tiempo en aclaraciones innecesarias, pero sentí que era pertinente hacer esta precisión.


Y todo esto me lleva al título de esta nota, porque finalmente llegamos a donde quería llegar: al peligro que suponen los fenómenos antes descritos y que, en su conjunto, yo calificaría de “absentismo parental”. Porque son los padres los primeros y principales responsables y creadores de los estilos educacionales que decidan implementar en sus hogares. Y por ello, cuando el estilo se caracteriza por uno permisivo, abocado a dar cosas para no tener que dedicar tiempo, poco comprometido con el verdadero significado del rol de padre o madre, y más centrado en sus vidas particulares que en la vida familiar y en las necesidades reales de sus hijos/as, yo no puedo menos que recurrir a ese término, “absentismo”. Que el padre y/o la madre son personas vitales en la vida de los hijos es una verdad indiscutible. Y unos padres motivadores, preocupados y atentos pueden marcar una diferencia significativa en la forma en que sus hijos crezcan, se desarrollen, se desenvuelvan y aprendan las lecciones de la vida. Hace ya tiempo escuché a la psicóloga Pilar Sordo decir que la gran mentira de la sociedad chilena y largamente repetida por los padres es “no tengo tiempo” para mis hijos. Pues lo cierto es que no se trata de una cuestión de tiempo sino de prioridades, de la forma en que priorizamos ese tiempo. Y que así como le dedicamos tiempo a un telediario, una telenovela o un partido de fútbol, así también podríamos dedicar ese tiempo a la familia, a los hijos/as.


En fin, vayamos ahora a las propuestas, a las alternativas. Porque una cosa está clara: a nadie le gusta el estilo educacional rígido del “come y calla”, de la cachetada por cualquier expresión de opinión (que antaño se calificaba de insolencia) ni de “aquí se hace lo que yo digo porque para eso soy tu padre”. Ese estilo educacional no respetaba las necesidades del niño ni su dignidad, y no potenciaba el desarrollo de una mente creativa y constructiva. Pero el estilo permisivo tampoco lo logra y tiene el agravante de que ha generado mucha confusión en las mentes infantiles y adolescentes, una creciente desarmonía en la estructura familiar y altos niveles de insatisfacción tanto en padres como en hijos/as. Niveles de insatisfacción que tanto en unos como en otros, cuando superan todos los límites, estallan en hechos como la violencia adolescente en las calles o los infanticidios (doloroso hasta las lágrimas el reciente caso de la niña de nueve años asesinada a golpes por su madre por no leer un libro asignado como tarea escolar) provocados por un nivel de presión (personal, familiar, social) tan alto que ni niños ni adolescentes ni adultos consiguen manejar de forma constructiva.


Yo abogaría porque junto a medidas políticas y económicas de énfasis en la Educación, exista un proyecto o programa gubernamental para la recuperación del rol parental, un proyecto de culturización a gran escala y a lo largo de todo el país que trabaje el reforzamiento de los lazos familiares, la educación de los roles de padre y madre, su significado, su importancia, su adecuado desempeño. Una campaña que nos ayude a la prevención del absentismo parental y a su recuperación. Nadie nace sabiendo ser padre ni madre, son roles que se aprenden con la experiencia y el ejemplo, y ante fenómenos como el abandono, la desprotección, la desmotivación, la delincuencia juvenil, el abuso sexual a menores, el absentismo escolar, el maltrato infantil y el infanticidio debería haber una iniciativa por parte del Gobierno para trabajar esta área, la del rol parental, y subsanar de esa forma, de raíz, tantas carencias, deficiencias y penurias que afectan a los niños, adolescentes y jóvenes en nuestro país.


Quizás estoy soñando. Pero conozco muy pocos logros y conquistas en la Historia de la Humanidad que no hayan partido de sueños. No nos dé vergüenza, como padres y madres, admitir que muchas veces nos sentimos desorientados, que hay cosas que nos superan en nuestro rol, que la sociedad actual nos presiona, que no es fácil educar en estos tiempos pero que, por encima de nuestra perplejidad, amamos a nuestros hijos/as y queremos lo mejor para ellos/as.

Santiago, año 2008


6 comentarios:

  1. Muy bueno, Thamar, me gusta cómo lo expones. Es así de triste y las soluciones están en la calidad de ese tiempo compartido, no en la cantidad. Recuerdo a los Marogy. Por culpa de este sistema (que en Inglaterra llegó mucho antes que en Chile) en la semana apenas compartían con sus hijos el desayuno y leerles un cuento al acostarse yel beso de buenas noches, pero los fines de semana se lo dedicaban en pleno, hasta el punto que los niños, con 8 y 5 años, hablaban y escribían perfectamente el idioma de sus padres. Los niños ya presentaban algunos signos típicos de niños criados por una y otra au-pair, pero la buena crianza de los padres pesaba mucho más. Sabían compatibilizar su vida laboral con su preocupación por sus hijos.

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  2. Ya en la década de los '30, Russell decía que uno de los grandes problemas de los niños era que ya no aprendían a lidiar con el aburrimiento y eso les quitaba creatividad. Si el niño se aburre, papá y mamá le compran tele, Nintendo, PC, dinero para la disco, lo que sea, y cuando ya no hay límites, buscan la adrenalina de la peor manera.
    La sobreprotección a los hijos y la desatención hacen el mismo daño. Como tú, pienso que los niños necesitan un orden, unas normas que le den la estabilidad que necesitan. Y con respecto a las leyes que no protegen a los niños, prefiero ni hablar, es horrorosa la desprotección con que están y cómo la declaración universal de los derechos de los niños sirvió para tan poco…

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  3. Excelente nota, Pepé... aunque me temo que la sociedad está en un punto tal que la participación parental que es deficiente, empeorará, porque este sistema cada vez atenta más contra la unidad familiar y en general, contra la salud de la sociedad entera, física y psicológica, presionándola para sólo producir de forma alucinante a la par que la deshumaniza.

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  5. ¿ César o Don Quijote ? Como mejor queramos justificarnos. Fantasear. Solo queda el contemplar a nuestros hijos desde la buhardilla. Y ya está: a la deriva de lo indeterminado esperamos el salvavidas.
    Mientras, crecen los constructores de manicomios en cada rincón de la mente infantil.
    Me gusta el tono terapéutico de tus líneas.
    Felicitaciones.

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  6. Gracias a todos/as por sus comentarios. En efecto, el problema es serio y, tal como el sistema actual ha condicionado las vidas de padres e hijos en una espiral creciente de estrés, uso ansioso del tiempo, ausencia de motivación positiva, desconcierto (que puede observarse en ambos, pues también los padres están metidos en una dinámica tal que difícilmente controlan sus propias vidas, cómo entonces las de los hijos) y depresión social (con el desánimo y la agresividad inherentes) obviamente que el "absentismo parental", para muchos padres y madres, es una falta muy difícil de evitar... Y mientras un gobierno detrás de otro considere que su rol en la vida familiar es meramente "observante", menos habrá los recursos y las iniciativas para superar el problema... Es más fácil llamar violentista o delincuente a un adolescente y procesarlo que entrar de lleno en la vida familiar y ayudar ahí donde estpa haciendo falta urgente apoyo...

    Besos! xxx

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