Letras y frutos de inspiración personal, semillas de luz y sentimiento, memoria en palabras e imágenes. Porque la literatura es imaginación y creación, y también remembranza y evocación. Y la vida un río caudaloso cargado de emociones, actitudes y experiencias que finalmente desemboca en una búsqueda inspiradora de sabiduría y equilibrio. Qué mejor que navegar ese río escribiendo y plasmando sus imágenes. Cuentos, poemas, fotografías y vídeos que comparto con quien desee recibirlos.
sábado, 19 de julio de 2014
Una reflexión de mujer, a propósito de un mundo de hombres...
jueves, 18 de octubre de 2012
Primer capítulo de mi novela "Retazos singulares de una diáspora" (RIL Editores, 2012)
- ¡Me caso, Paty, y renunció Nixon!
- ¿Y cómo quedó mi mamy? ¿Y mi papy, sigue preso en Ritoque?
- Itamar llega en una semana, más o menos, está en los altos del Golán...
- Iñaki, ¿ha habido alguna novedad sobre Aitor?
- Ojalá puedan venir pronto a Megido, para que conozcan a Efrat...
- ¿Supieron algo de Carlitos Horowitz? Su familia aquí sigue sin tener noticias suyas...
http://www.youtube.com/watch?v=oM0nBSZrbJo
lunes, 16 de enero de 2012
Manifiesto...

De joven, tenía todo muy claro. A mis veinticinco años, no dudaba, sabía exactamente lo que quería y si no sabía cómo lograrlo lo descubría. No le temía al factor sorpresa ni a las consecuencias, me sentía perfectamente capaz de enfrentar cualquier obstáculo que se opusiera a mis anhelos. Confiaba en mi intelecto y no cultivaba con demasiado interés mi intuición, pues consideraba que mi inteligencia era el arma más poderosa que podía utilizar contra las diatribas que la vida me presentara. Me sentía fuerte, decidida y hasta temeraria. Todo tenía solución y todo era posible, sólo había que encontrar la llave que abriera la siguiente puerta y de ahí el recoveco que me llevara hacia el siguiente sendero. Y siempre, después del túnel, venía la luz. El tiempo transcurría sin que yo lo notara, y muy raramente (por no decir nunca) me dedicaba a hacer balance. Era tenaz, apasionada, vehemente, y obstinada cuando lo sentía necesario. Y si bien intentaba tener presentes los sentimientos o intereses de otras personas de mi alrededor en el caso de que mis acciones los afectaran de algún modo, era más bien torpe a la hora de reconocerlos y no siempre acertaba. Amaba con pasión y odiaba con la fuerza del trueno. Era un diamante en bruto, con muchas aristas por pulir, y poseedora de una energía que entonces parecía inagotable. Construía sin saber que lo estaba haciendo, y aunque no todo lo que entonces edifiqué en mi cuerpo y en mi espíritu se mantuvo en el tiempo, el recuerdo de todas esas hazañas son parte indeleble de mi vida.
Hoy, a mis cuarenta y seis años descubro que la mayoría de los seres humanos podría describirse, a los veinticinco, exactamente igual a como lo he hecho más arriba. Y que todos, sin excepción, superados los cuarenta, somos auténticos sobrevivientes de esos años... El resultado acrisolado de una época de candor y determinación, muchas veces ciegos, que finalmente ha apaciguado el fuego con experiencia y alimentado el amor a la vida con intuición y con mayor entendimiento. No tengo todas las respuestas, pero ya no me molestan las preguntas. Sé, socráticamente, que nada sé, pero he aprendido a ser feliz entre el desconcierto y el descubrimiento. Amo con mayor ternura, aunque la pasión persiste bajo la piel con intensidad de flor que se sabe frágil. Valoro la vida tal como es, porque sé que es apenas un suspiro en la inmensidad del Cosmos. No me planteo grandes metas ni aspiro a salvar el mundo, pues ya sé que, de alguna misteriosa manera, contribuyo a la felicidad de alguien, aunque al mismo tiempo le provoque úlceras a más de uno. No me interesa que me comprendan, ya no es una de mis grandes aspiraciones, pero disfruto abriendo mis canales de conocimiento y me alegra saber que alguien lee mis escritos, porque la comunicación con el otro (y llegar a ser uno en ese momento sublime que es sentirse contectado a alguien o a algo y que suele durar muy poco) es aún motivo de sorpresas y aprendizajes para mí. Sigo teniendo un alto respeto por mi inteligencia, pero ahora privilegio los dictados de mi corazón y de mi intuición. He amado, pensado, sentido, reído, llorado, leído, escrito, escuchado, hablado y elucubrado hasta la saciedad, pero sé que aún me queda un largo camino de vivencias y sensaciones, y pienso disfrutarlo minuto a minuto...
Santiago, 16 de Enero de 2012
domingo, 9 de octubre de 2011
Los sueños y el factor sorpresa
Pese a que es un tema del que soy consciente desde hace ya mucho tiempo, el hecho es que esta mañana, como nunca, me impresionó lo que podríamos llamar “el factor sorpresa de los sueños”. En efecto, los sueños, pese a ser creación de cada uno de nosotros, poseen la facultad de sorprendernos, de representar imágenes y sucesos que no esperamos, de asustarnos, de pillarnos de imprevisto y de remecernos sin que podamos poner las providencias mentales ni emocionales para evitarlo. Simplemente, nos superan. Se trata de nuestra mente, de nuestros mapas cognitivos, de nuestras emociones, de nuestros sentimientos. Debería ser posible, entonces, que nada de lo que representamos en ellos nos asombrara, que supiéramos siempre de antemano qué va a ocurrir. Sin embargo, pese a salir de nuestro propio mundo vivencial, nuestros sueños nos convierten en meros espectadores y, por ello, no sólo nos sorprenden sino que a veces nos asustan al punto del terror. Y, lisa y llanamente, no hay nada que podamos hacer para evitarlo.
Esta mañana tuve un sueño muy “de los míos”, o sea, largo, con trama compleja y sólida, personajes definidos y acontecimientos claros. Cuento corto: yo había sido infectada por algún tipo de organismo extraterrestre y la metamorfosis que iba a operarse en mí y en otros infectados sería gradual (y desconocida para mí, la soñadora). En algún momento, percibía que quienes estaban ya bajo la influencia del organismo se mantenían hieráticos, de pie, y con una extraña bolsa colgando de una de sus manos. La bolsa, en realidad, era una doble bolsa: la primera colgaba directamente de la muñeca, mientras que la segunda, más grande, colgaba de la primera, de manera que el resultado final podría recordar a un reloj de arena. Yo no tenía ni idea de cuál era la función de esa extraño adminículo, pero muy pronto lo veía colgar de mi propia muñeca. Por ser yo la primera infectada, imaginaba que sería la primera en sufrir el cambio o transformación. De pronto, los infectados (varios) estábamos sentados en una gran habitación (supuestamente, mi casa) y yo comenzaba a sentir un adormecimiento general y, finalmente, me dormía, cayendo mi cabeza hacia adelante. En ese mismo instante, la bolsa más pequeña se activaba, se convertía en una especie de flotador y se colocaba en mi cabeza, rodeándola a la altura de mi frente, protegiéndola de eventuales golpes. Por lo tanto, sólo en ese preciso instante yo, la soñadora, la “dueña” del sueño, la supuesta artífice de su trama e imágenes, supe para qué servía el adminículo que yo misma había creado, que mi mente había fabricado...
Definitivamente, hay mucho aún que descubrir con respecto al mundo de los sueños, pero una cosa está clara: perteneciendo a la mente de cada ser humano y pese a ser la respuesta a nuestro marco experiencial y vivencial, el hecho es que los sueños son el reflejo claro de que nuestra mente funciona a varios niveles de forma paralela, de manera que, como dice claramente el viejo dicho, “la mano derecha no sabe lo que hace la mano izquierda”. Un tanto inquietante, pero cierto...
Santiago, 09 de Octubre de 2011
lunes, 3 de octubre de 2011
Un instante...

Por un instante voy a imaginar que no tengo certezas de ningún tipo, ni miedo a nada, ni desconfianza hacia las intenciones, ni escepticismo hacia las acciones del ser humano, y que es posible un mundo de compromisos, de buena voluntad, de entendimiento cósmico, de entregas incondicionales, de tolerancia hacia las diferencias, de amor...
Y quizás descubra que he vivido toda mi vida sólo para vivir ese instante."
Santiago, 03 de Octubre de 2011
lunes, 12 de septiembre de 2011
Mi Tata Baruj...
Hoy, sin saber muy bien a cuento de qué, me he acordado de mi abuelo Baruj. Pero, contrariamente a lo que sería razonable, no me he acordado de él por sus facetas más reconocidas: su inteligencia, su erudición, su incansable sed de saber, su concienzuda exploración cosmológica y su insaciable curiosidad intelectual; ni siquiera por su experiencia política, su lucha por la igualdad social y la justicia que lo catapultaron a él, Luis Vega Contreras, a convertirse en parte del gobierno de la UP, liderado por el presidente Salvador Allende, en el que fue un dedicado asesor jurídico con base en el Ministerio del Interior y con sede en Valparaíso. Tampoco por su permanente preocupación, desde el exilio en Israel, por la situación sociopolítica en el Chile de Augusto Pinochet y que culminó con dos interesantes libros en los que expone y analiza pormenorizada y verazmente la realidad chilena.
No, definitivamente hoy mi abuelo Baruj vino a mi mente desde otro ángulo, uno que tiene mucho más que ver con su calidad de abuelo y que me llevó a darme cuenta cómo, sin siquiera proponérselo, tuvo un papel tan positivo en mi desarrollo como mujer. Y tampoco aquí me refiero a nuestra intensa relación intelectual, que nos llevó, por décadas, a sesudísimas conversaciones (la mayoría de ellas epistolares dado que el exilio nos llevó a vivir en dos países distintos la mayor parte del tiempo) sobre la vida, la muerte, la Filosofía, la Historia y la Política. Ya desde antes, pero sobre todo una vez llegada yo a la Universidad, nuestras cartas se convirtieron, para mí, en una segunda vía de conocimiento y formación, a través de las cuales, tanto si estábamos de acuerdo como si no, la experiencia de vida de mi abuelo y la sabiduría que los años le fueron otorgando me llegaron como una avalancha tan interesante como constructiva. Son cientos las anécdotas que atesoro de esas conversaciones y de esa correpondencia, y lo que más lamento es que debido a los múltiples cambios de país, de ciudad y mudanzas varias, apenas si conservo breves notas y poco más.
Pero volviendo a ese papel positivo que antes mencionaba y que tan bien me hizo como mujer, y aún a riesgo de parecer pueril dado todo lo expuesto anteriormente, el hecho es que hoy recordé, con mucha ternura y una enorme sonrisa en mis labios, las veces que mi abuelo, siendo yo muy pequeña, tuvo que cuidarme por alguna razón ajena a su voluntad y que implicó una experiencia realmente fuera de serie. Porque, ¿cuántas niñas de 6 años pueden decir que su abuelo las llevó al cine a ver una película de James Bond porque ante la ausencia inesperada de mi madre, me eché a llorar desconsoladamente? Es más, no sólo era de James Bond sino que era LA película donde el agente secreto 007 se casa al final de la misma y antes de disfrutar de su luna de miel ya le habían asesinado a su esposa. Obviamente, eso no se olvida fácilmente. Como tampoco se olvida el que tu abuelo, a tus 14 años y viendo cómo te afanas con las pinzas en despoblarte las cejas, te observa durante unos segundos y te dice, con aire de total erudición, que no me las depile demasiado, porque tengo unas cejas muy bonitas. Por supuesto, nunca más me toqué las cejas. Porque obviamente mi padre, que era muy cariñoso y gentil, siempre me decía que yo era linda, pero una, por lógica, a los padres no les cree mucho porque su parcialidad es evidente y por amorosos que sean para una adolescente nunca resultan del todo convincentes. Pero que tu abuelo, abogado, político, escritor, hombre sabio por donde se le mire te diga que tus cejas son hermosas, no es una mera opinión, es un veredicto y una realidad irrefutable. Lo mismo ocurrió el día que, con aire de quien analiza con sumo cuidado una tarea importante, me dijo que mis piernas eran bonitas. Ya nunca más dudé del atractivo de mis piernas y, por lo tanto, lucir minifaldas nunca fue un problema para mí. Y es que mi abuelo era no sólo el hombre inteligente que todos a su alrededor sabíamos, sino un fino observador del sexo femenino y un hombre que siempre supo transmitir su opinión sobre aspectos básicos de la femineidad con una convicción y prestancia tales que era imposible dudar de su buen juicio.
Gracias, Tata, por tu legado de sabiduría y amor... Te quiero mucho.
Santiago, 12 de Septiembre de 2011

