viernes, 17 de junio de 2022


"Valencia, año 1988. Ariel Zúñiga, chileno exiliado en España y profesor universitario en la capital levantina, ha dejado atrás su vida en Chile, lo que incluye su militancia política, su esposa y su hija, a quienes no ha vuelto a ver desde hace más de quince años. Su plácida existencia está a punto de verse perturbada con la aparición repentina de Silvia, su hija, quien le confiesa, nada más franquear la puerta de su departamento, que el motivo de su visita a la ciudad de Valencia es buscar y matar a un hombre".
 

Tengo el gusto de presentar a tod@s ustedes mi nueva novela, "De la estirpe de Némesis", publicada por la editorial española Cuadranta. Avisaré en cuanto esté disponible en librerías españolas y, fuera de España, por Amazon y la web de Editorial Cuadranta.

Un abrazo apretado y pronto volveré con más noticias al respecto 😘 ❤


domingo, 15 de septiembre de 2019

País sin nombre




En estas fechas, el colegio de mi hija Maián celebra su tradicional Asamblea de Fiestas Patrias. Cada año, la Asamblea se celebra en torno a un tema patrio.Y este año, la conmemoración tuvo como tema central a Gabriela Mistral. Fue un bonito homenaje a la gran poetisa chilena, Premio Nobel de Literatura. Sus poemas pendían entre banderines por sobre nuestras cabezas, y eran recitados y cantados entre números musicales donde los niños y niñas del colegio mostraban sus mejores dotes artísticas ataviados con trajes coloridos y alegres. Fue, reitero, un bello homenaje. Para mí, que me estoy despidiendo de Chile día a día entre todo tipo de trámites, idas y venidas, y un sinfín de emociones encontradas, fue un momento muy emotivo. Y, de pronto y como suelen darse estas cosas, un solo verso recitado al aire me conmocionó de arriba a abajo. Un solo verso que me transportó en segundos a esta realidad que forma parte de mí desde mi infancia: la del exilio, la del retorno, la del arraigo y el desarraigo y que comparto - tod@s los exiliad@s e hij@s del exilio compartimos – con Gabriela Mistral pues, como todos sabemos y aunque su salida de Chile fuera voluntaria, fue también una suerte de exilio... Un solo verso que me remeció y respondió muchas de esas preguntas que, quienes vivimos la realidad del encuentro y desencuentro con el país que nos vio nacer, nos hacemos muchas veces. Preguntas en torno a la identidad, a la pertenencia, a quién somos, dónde nacimos y dónde sentimos que está la patria.

Y ese verso era “Y en país sin nombre me voy a morir”.

Gabriela se refería a Estados Unidos, pero ese verso es la metáfora perfecta para quien se ha convertido en apátrida. Ella, en todo caso y pese a su auto-exilio, no se sentía cómoda en esta condición; amaba su tierra y deseaba ser enterrada en ella. Y allí descansan sus restos, en Montegrande, tal como ella lo pidió.
En mi caso, a estas alturas de mi vida, no siento ninguna incomodidad con mi condición de apátrida. Soy una hija del exilio y pertenezco allí donde elijo pertenecer. Y aunque administrativamente tengo más de una nacionalidad, lo cierto es que no tengo más petición con respecto a mis restos que ser cremada y que mis cenizas se esparzan en la tierra. Cualquier tierra. Porque la Tierra es solo una.

Hace ya mucho tiempo que entendí que yo soy mi propio país sin nombre, y que allí donde muera será donde mis restos deban quedar. De todas formas, estaré muy lejos de cualquier lugar y pasaré a integrar ese Cosmos infinito que un día me vio nacer.

Santiago, 15 de Septiembre de 2019

jueves, 14 de junio de 2018



Mi abuela Raquel

Tengo 53 años y mi abuela Raquel acaba de fallecer a los 94... Es decir, por más de 50 años, mi abuela estuvo presente en mi vida con ese rol tan especial que solo las abuelas pueden tener con sus nietos y nietas... Tengo tantos recuerdos que podría escribir un libro (no, uno no, varios) con ellos. Pero no lo necesito, no habría libro capaz de reflejar lo que mi abuela Raquel significó en mi existencia. Dicen que todos los seres humanos somos únicos. Mi abuela siempre estuvo más allá de esta definición. A lo largo de estos más de 50 años, la amé y me enojé con ella en la misma medida y con la misma intensidad, pero jamás me fue indiferente. Y el balance, con todo y arrumacos, retos, complicidades, cariños, cuidados, peleas, aventuras conjuntas y lecciones es solo uno: amor, mucho amor... Desde los primeros recuerdos que tengo de ella, esa señora elegante, hermosa, enérgica, que me dejaba sus labios marcados en la mejilla cada vez que me besaba, siempre bien vestida, enjoyada y maquillada, sofisticada y de temperamento fuerte a la matriarca ya anciana, dulce y tierna en su desvalida vejez, lejos de esa energía que hasta muy mayor la caracterizó y que comparar con un tsunami sería subestimarla, hay más de 50 años y muchos escenarios distintos por medio mundo... Porque con mi abuela vivimos, juntas y por separado, años de exilio. Incluso en una oportunidad viajamos por Europa, al terminar yo mi primer año de universidad. Y fue una travesía memorable por varios países y múltiples escenarios y experiencias las dos juntas, que conservaré en mi memoria como un preciado legado, lo mismo que aquellas temporadas en que mi abuela vivió en España, en casas de sus hijas, o los años que viví en Israel, donde mis abuelos vivieron su diáspora hasta el final de sus vidas. Años de exilio, de encuentros y reencuentros... Yo crecí sabiendo que, aunque mis abuelos vivieran en otro país y en otro continente, siempre podía contar con ellos. Con el intelecto y la sabiduría afectuosa de mi abuelo y el cariño y corazón de fuego de mi abuela. Porque mi abuela siempre fue incondicional con sus nietos. No importaba si la hacíamos feliz o la preocupábamos, si la hacíamos sentir orgullosa o la decepcionábamos. Sus nietos siempre fuimos sagrados, y ay de aquel que pretendiera criticar a alguno en su presencia... Y después de sus nietos, también sus bisnietos y tataranietos. Porque mi abuela llegó incluso a ser tatarabuela y, aunque no pudo conocer en persona a todos ellos, merced a la tecnología moderna, sí pudo verlos a través de fotografías, videos y chats. Y ellos a ella... Y hoy, a sus 94 años y una larga e intensa vida (que incluyó una aclanada vida familiar, militancia política, el inmenso dolor de la muerte de su hijo menor, exilio y resiliencia), mi abuela nos dijo adiós, dejando tras de sí la estela de candor de toda una familia que la adoraba por encima de todo, y que la conservará en la esencia de la razón de nuestra unidad: el amor. Te quiero, Güeli, ayer, hoy, mañana y siempre...

Santiago, 12 de Junio de 2018

domingo, 10 de septiembre de 2017



"La víspera"

Te miré a los ojos
y vi en ellos
la mirada del destierro
que antaño me impusieron...

Te miré las manos
y vi en ellas
la geografía perdida
de imágenes y recuerdos...

Miré tu pecho sangrante
y vi en él mi corazón
acelerado, adolorido,
cuna de penas y miedos...

Miré tu vientre,
hinchado aun de cuerpos
que nadie encuentra,
sin tumba, sin entierro...

Miré a tus pies,
y vi otra vez los pasos
que me llevaron lejos,
y el retorno sin senderos...

Cada día once velas
del mes noveno,
once lágrimas de exilio,
nueve meses de regresos...

Santiago, 10 de Septiembre de 2017








martes, 4 de abril de 2017

Martes



Martes

Las densas nubes
de mi oscuridad más secreta
se dispersan al fin,
y veo renacer las perlas sonrientes
de mis flores frescas,
aquellas que sembré en mi interior,
aquellas que son la fuente eterna
de mis dichas y de mis penas.
Me acecha la inquietud,
me emboscan viejas sombras,
pero la paz retorna,
siempre retorna,
como el toque musical
del cristal más tenue,
que estalla en notas de luz
con el mero roce de mi boca.

Santiago, 04/04/2017


lunes, 27 de octubre de 2014

"La sobreviviente"


Una tórrida mañana cualquiera en Tel Aviv, a principios de Junio. Me dirijo a mis clases de hebreo en el Ulpan Akademai. Mi hija ha quedado ya a buen recaudo en su gan (jardín infantil) y yo repaso mentalmente el texto que deberé disertar ante mis compañeros, la mayoría procedentes de la ex-Unión Soviética. El autobús llega repleto, como siempre a esas horas de la mañana. Una aleación de cuerpos jóvenes y viejos, en ropa ligera y manga corta, pues todos sabemos que si ya hace calor a esas horas, más tarde estaremos sudando la gota gorda.

Me acomodo junto a otros pasajeros, de pie, tomada del pasamano más cercano. No anticipo nada especial para ese día: mis clases, la interesante y agradable interacción con mis compañeros, el regreso a casa a la hora del almuerzo, el descanso escuchando música o viendo noticias junto a mi hermana para luego ponernos en marcha al gan, donde recogemos a mi niña y paseamos por la Nahalat Beniamin y sus alrededores. Un día más, una mañana más.

Hasta que mis ojos se posan en un brazo. El de la mujer que está de pie junto a mí, agarrada del respaldo del asiento ocupado que tiene frente a ella. Un brazo de persona anciana, delgado, muy delgado, pálido, arrugado, más cercano a la blanca pátina de la muerte que al cálido fulgor de la vida. Un brazo viejo, común e irrelevante... salvo por esos números tatuados en tinta azul perenne.

Mis ojos se clavan por largos segundos sobre aquella visión, trasladando mi mente hacia otras visiones fáciles de imaginar e innecesarias de reproducir. El arraigado sentido de la buena educación me sacude y me obliga a mirar hacia otro lado, con el fin de no importunar a la dueña de aquel brazo, de aquellos números que un día incrustaron en su piel joven y lozana, como preámbulo de lo que, probablemente, sería la experiencia más aterradora e inolvidable de su vida.

Mi curiosidad se reactiva. Debo mirar su rostro. Debo ver sus ojos, su mirada... La cercanía impuesta por el autobús lleno de pasajeros y el recorrido, largo hasta mi destino (y, esperaba, el de ella) eran mis más preciados cómplices. Tenía tiempo para contener mis impulsos y, pacientemente, encontrar el mejor movimiento para contemplar, con el mayor disimulo posible, ese rostro que se encontraba a apenas unos centímetros de mí, a mi derecha.

No fue tan difícil. Apenas unos segundos después, ahí estaba. Pelo canoso, vetado en blanco y gris plata; rostro muy blanco, surcado por arrugas, nariz pequeña y labios marchitos. Y en sus pequeños ojos azules, una mirada adusta y lejana, esperable en quien ha pisado el infierno y ha vuelto para contarlo, pero no desea hacerlo. 

Allí, de pie, en esa Tel Aviv maravillosa pero también cruel, que le niega el asiento del autobús a una sobreviviente del Holocausto...

Santiago, 27 de Octubre de 2014

sábado, 19 de julio de 2014

Una reflexión de mujer, a propósito de un mundo de hombres...

Quizás me acusen de no ser objetiva por lo que voy a pasar a exponer, pues soy mujer, pero lo cierto es que cuanto más pienso en esto, más me convenzo de su realidad.

La naturaleza masculina se acerca al mundo que lo rodea desde la comprensión, el entendimiento, el raciocinio. La naturaleza femenina, por el contrario, lo hace a través de la aceptación, la comprehensión, la tolerancia y las emociones. La comprensión y el entendimiento significan poder y control, pues el conocimiento de las cosas nos permite control y dominio sobre ellas (y las personas) La aceptación, la comprehensión y las emociones, por el contrario, significan paridad, igualdad, nadie es más que otros ni nadie es mejor que otros, y si lo es (en términos de poseer talentos o cualidades relevantes), se acepta como una característica que, finalmente, redundará en el bienestar general. El conocimiento lleva a la competencia (“yo sé más o menos que el otro, lo que me pone en posición de superioridad o inferioridad”), al control (“con lo que sé, domino esta situación por encima de otros”) y, fácilmente, a la agresión, pues en la posición de poder no caben todos. La aceptación lleva a la igualdad (“todos somos igual de importantes”), a la justicia (“todos somos iguales, así que tenemos los mismos derechos”) y a la armonía social, pues bajo estas premisas, todos cabemos en el mundo por igual.

Sumemos a esto que la testosterona (y esto es una verdad científica) es una hormona que predispone a la violencia mientras que la progesterona inhibe los impulsos agresivos.

Desde que el mundo es mundo, hemos estado, sobre todo, dirigidos por hombres, y eso incluye el presente. O por mujeres que se han rendido al modelo masculino y han decidido ser protagonistas bajo sus mismos parámetros agresivos, dominantes y competitivos. Basta echar un vistazo a la Historia de la Humanidad para ver cómo las guerras, las masacres, las torturas, los genocidios y otras decenas de eventos violentos han marcado los fenómenos sociales y políticos. ¿Sería lo mismo si las mujeres, dejando de lado el modelo masculino de interacción personal y social, tomáramos las riendas de este mundo? Yo creo, fervientemente, que no. Creo que, respetando nuestra naturaleza gestadora de vida, afectiva, tolerante, no competitiva, integradora y comprehensiva (y no por ello menos inteligente), como dirigentes del mundo, las mujeres haríamos un trabajo mucho mejor...