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viernes, 17 de junio de 2022


"Valencia, año 1988. Ariel Zúñiga, chileno exiliado en España y profesor universitario en la capital levantina, ha dejado atrás su vida en Chile, lo que incluye su militancia política, su esposa y su hija, a quienes no ha vuelto a ver desde hace más de quince años. Su plácida existencia está a punto de verse perturbada con la aparición repentina de Silvia, su hija, quien le confiesa, nada más franquear la puerta de su departamento, que el motivo de su visita a la ciudad de Valencia es buscar y matar a un hombre".
 

Tengo el gusto de presentar a tod@s ustedes mi nueva novela, "De la estirpe de Némesis", publicada por la editorial española Cuadranta. Avisaré en cuanto esté disponible en librerías españolas y, fuera de España, por Amazon y la web de Editorial Cuadranta.

Un abrazo apretado y pronto volveré con más noticias al respecto 😘 ❤


martes, 12 de abril de 2011

"De la estirpe de Némesis" (novela)


Capítulo I

Siempre le había tenido, sin saber exactamente por qué, auténtico terror a ese momento. Había ocasiones en las que se descubría a sí mismo sumido en el morboso entretenimiento de imaginarse en medio de la tan temida situación y pensando en el aspecto que presentaría (que, seguro, no sería el adecuado), en si se le notaría mucho o poco la turbación, en si podría evitar que le sudaran las manos o le temblara la voz (y en lo que pensaría ella al notarlo), en si la sonrisa que lograra esbozar resultaría demasiado falsa o, peor aún, si conseguiría sonreír siquiera. En todo caso, la imagen que más dolorosa satisfacción le producía y con la que a más elevados niveles de placer masoquista ascendía era la imagen de su mirada. Pintarla fría, distante y aderezada con un fino deje de reproche era una experiencia tan deliciosamente ingrata como vivirla de forma tangible; y tenía la ventaja de ser mutable a conveniencia, acorde al estado de ánimo que tuviera al levantarse: unas veces podía presentarse fría y distante pero sin el deje de reproche final mientras que, en otras ocasiones, el reproche sería lo más notorio y mortificante de su mirada. Como fuese, el hecho es que siempre le había tenido, sin saber exactamente por qué, auténtico terror a ese momento.

Sin embargo, nada de toda aquella amarga, caprichosa y placentera profecía se cumplió. Apareció un día, de súbito; ni un aviso, ni una carta, ni una llamada telefónica, nada. Simplemente, una tarde ahí estaba, de pie frente a él, mirándolo directamente a los ojos. Debían ser ya las cuatro, cuatro y cuarto. Pleno verano en una Valencia envuelta, a la hora de la siesta, en un calor denso y casi palpable a más de treinta grados a la sombra: fuego en el cielo, fuego en el asfalto, abotague de los sentidos y del alma. Sonó el timbre y abrió la puerta (sin pausa, no tenía por costumbre preguntar quién es ni echar una ojeada por la mirilla).

Al principio le costó reconocerla, la última vez que se habían visto ella se erguía a poco más de un metro del suelo y él, la verdad sea dicha, tampoco le prestó mucha atención. Pelo oscuro y muy liso, como el de su madre, pegado a la cara y al cuello por el sudor, tez blanca y unos ojos negros como la noche que lo estudiaban hasta el punto de incomodarlo. Igual que entonces, aunque no fueran ni fríos, ni distantes, ni contuvieran ese flexible deje de reproche con que tantas veces se había solazado.

- Hola, padre.

Ariel parpadeó, y atrapado en una turbación que no habría podido disimular ni ensayado durante semanas, sonrió confuso. La situación era mil veces más desagradable a como la imaginara nunca, y no tenía ni el más leve matiz placentero. Sin saber muy bien cómo reaccionar, de un empujón abrió tras de sí la puerta y le cedió el paso.

- Adelante.

La sonrisa desapareció de su cara; después de todo, ella tampoco sonreía. Con gesto cansino, recogió un bolso de aspecto pesado del suelo y entró.

- Gracias.

"Gracias". Ahí estaba la tercera palabra que Ariel Zúñiga cruzaba en casi veinte años con quien le gustaba recordar como "la única descendencia que he tenido y la única que tendré", por lo que haciéndose necesario ampliar tan exigua comunicación, decidió relegar su confusión a rincones insondables de su química hormonal e invitarla a ponerse cómoda (aunque no demasiado) y a explicarle a qué se debía el sorpresivo honor de tan inesperada visita. Intentó parecer desenfadado para hacer menos evidente el temblor de sus manos y, aunque el resultado fue penoso (de tanto moverlas daba la impresión de encontrarse al borde de un ataque histérico), antes de que la joven lograra pronunciar su cuarta palabra, Ariel insinuó la existencia de innumerables e improrrogables compromisos que la hicieran desistir de su más que probable intención de prolongar demasiado su visita (no es que sintiera animadversión hacia ella, después de todo era su hija, pero su presencia despertaba recuerdos que él hubiera preferido enterrados bajo cal, y además su mirada seguía incomodándolo tanto o más que en la época en que se erguía a poco más de un metro del suelo).

Sin embargo, toda la elocuencia de su verborrea se perdió en la nada cuando ella, con absoluta serenidad, le explicó el motivo y condiciones de su visita.

- No te preocupes, padre. No voy a quedarme mucho tiempo; ni siquiera necesito dinero. He venido a matar a un hombre.


Para quienes deseen saber cómo sigue y termina, pueden adquirirla en este link:

http://www.lulu.com/product/tapa-blanda/de-la-estirpe-de-n%C3%A9mesis/15321788