Cuando todo oscurece a nuestro alrededor, sólo una cosa queda por hacer: esperar tranquilamente a que nuestros ojos se acostumbren a la oscuridad.
Sólo entonces comenzaremos a ver nuevamente la luz...
Santiago, 23 de Agosto de 2011
Letras y frutos de inspiración personal, semillas de luz y sentimiento, memoria en palabras e imágenes. Porque la literatura es imaginación y creación, y también remembranza y evocación. Y la vida un río caudaloso cargado de emociones, actitudes y experiencias que finalmente desemboca en una búsqueda inspiradora de sabiduría y equilibrio. Qué mejor que navegar ese río escribiendo y plasmando sus imágenes. Cuentos, poemas, fotografías y vídeos que comparto con quien desee recibirlos.
Todas las noches le canto a mi hija Maián una o dos canciones antes de que se duerma. No soy muy tradicional en ese menester, por lo que a lo largo de los años mi pequeña – que ya tiene siete – ha escuchado todo un amplio repertorio de Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Paco Ibáñez, Violeta Parra, Víctor Jara, Payo Grondona y otros numerosos cantautores. Curiosamente, la mayor parte de las canciones que le canto las aprendí en mi infancia, en el exilio que nos deparó a mi familia y a mí al otro lado del Atlántico y del mundo el golpe de estado de 1973. Esta noche le tocó el turno a “Tiempo de vivir” de Silvio Rodríguez y “Valparaíso” de Osvaldo “Gitano” Rodríguez. Ambas canciones, elegidas por mi padre para mí, las tengo en un cassette que él me regaló hace muchos años y que recopiló junto a varias otras que, él sabía, me gustarían; entremedio, una de mis favoritas, “Los momentos” de Eduardo Gatti. Mi padre, siempre presente, siempre cerca de mí y de quien dentro de dos días se cumplirán nueve años desde su partida. Mi padre, porteño orgulloso y admirador del “Gitano”, falleció esperando “aquel famoso tiempo de vivir” que cantaba Silvio, pero en esa espera nos regaló momentos preciosos e inolvidables y nos entregó a quienes lo amábamos todo el amor que precisábamos para seguir viviendo y seguir amando. Mi padre, quien pese a su mal oído musical, disfrutaba de las canciones de Juan Gabriel, de la voz maravillosa de Amaya y Paloma San Basilio y que en su juventud (y su madurez) fue un fiel admirador del indiscutible Rey del Rock, Elvis... Mi padre, quien con su infatigable sentido del humor nos hacía reir a mi hermana y a mí cuando hacía bromas sobre nuestros cantantes favoritos del momento (los '80 europeos estuvieron plenos de motivos para agudezas de su parte) y que con su cigarro en los labios y una taza de café compartida con mi madre escuchaba “Mocedades” y Neil Diamond con el deleite que da el saber disfrutar de las cosas sencillas de la vida... Arte que mi padre dominaba...
Que nueve años no es nada, como cantaría el tango...
Te quiero mucho, papá.
Santiago, 3 de Agosto de 2011
Hace unos días, viendo una serie policíaca en la TV, tuve la oportunidad de observar la simpleza y la hipocresía con que ciertos temas sociales se manejan a nivel de la cultura televisiva norteamericana. En este caso, el tema eran las páginas sociales de internet tipo Facebook, Twitter, etc. El psicópata de turno aprovechaba este tipo de redes y la calidad de vicio que éstas llegan a tener entre la gente joven para elegir a sus víctimas y perpetrar sus crímenes. A juicio de los doctos profesionales de la serie (un grupo de “profilers”, o sea, expertos en perfiles criminales), estas páginas y la popularidad que tienen entre sus usuarios eran un absurdo innecesario (“no entiendo qué le ven las personas a sitios como éstos”) y un peligro evidente; ninguno de ellos, por supuesto, tenía un perfil en FB ó Twitter y uno de ellos, incluso, ni siquiera manejaba un e-mail... O sea, mensaje subliminal: sólo los tontos/as utilizan el internet para comunicarse con otros o se crean un perfil en FB o en otras páginas sociales, y los que son más tontos/as aún entregan datos que ayudan a los criminales a cometer sus fechorías. En un momento determinado, uno de los expertos entrevista a la madre de una de las víctimas (todas mujeres jóvenes), y ésta da a entender que casi no sabía nada de su hija (supuestamente por culpa de las redes sociales).
En lo que a mí respecta, no hay que ser un genio para saber que todo instrumento o herramienta, mal utilizada, se puede convertir en un peligro, ya sea para uno/a mismo o para quienes nos rodean. E internet, en general, y las páginas de redes sociales, en concreto, no son una excepción. Pero el problema no está en el instrumento, sino en la persona que lo utiliza. Y generalizar considerando poco menos que retrasados mentales a todos/as aquellos/as que lo usan me parece tan pueril como ofensivo. Por otro lado, de siempre se ha sabido (y la TV y el cine norteamericanos así lo han mostrado a lo largo de décadas) que el norteamericano medio es terriblemente indiferente con su familia. Salvo que sean latinos o muy apegados a sus familias de origen mediterráneo, en general el profesional o técnico norteamericano suele salir del hogar parental y comenzar una nueva vida sin apenas contacto posterior con aquél, y con suerte habrá reunión familiar el Día de Acción de Gracias y Navidades. Por lo tanto pretender culpar a las redes sociales de que la madre de la serie apenas si supiera de su hija ya adulta es el colmo de la hipocresía. Además, si la señora tenía interés en saber de su hija, sus inquietudes, su realidad cotidiana, ¿no bastaba con que la visitara de vez en cuando?, ¿qué la llamara por teléfono?, ¿qué se preocupara un poquito más por acercarse a su hija si tan distante la notaba? Y, mucho más relevante, ¿por qué sería que la chica estaba tan “colgada” a una red social sino por soledad, por necesidad de comunicarse, por necesidad de atención?
Porque ésa es la estrategia de los guionistas norteamericanos (al menos de los mediocres): tirar el palo contra algo que les despierta alarma, pero no profundizar, no llegar al meollo de la cuestión, no indagar en los factores personales y psicológicos, familiares y sociales del ser humano. No analizar de forma seria y profesional qué está ocurriendo en su sociedad y por qué las redes sociales se han masificado y tienen el éxito que tienen en detrimento, muchas veces, de una vida social y familiar real y constructiva. Se conforman con denostar, con prejuiciar, pero no llegan al fondo del problema. Válgales el Cielo, no se vayan a dejar al “perfecto” american way of life mal parado...
En lo que a mí respecta, Facebook es una herramienta social que todo usuario debe usar con prudencia pero que puede resultar un instrumento muy eficiente para comunicarse, para conocer personas afines y también dispares, para informarse de cientos de cosas interesantes, para comenzar amistades virtuales que luego la cercanía física puede convertir en amistades reales y estupendas... Al menos, ésa ha sido mi experiencia hasta ahora, tras casi cinco años de abrir mi perfil de Facebook. Obviamente que como toda herramienta, es vulnerable al mal uso. En la serie, una amiga de una de las víctimas relata que ésta tenía más de mil amigos en Facebook y que se sentía “agobiada por la cantidad de mails que colapsaban su buzón de entrada”. Nuevamente lo mismo, el uso y abuso del instrumento, el cual depende de cada persona en concreto y no es, per se, inherente al instrumento en sí.
Si los norteamericanos están tan preocupados por las consecuencias psicosociales que las redes están teniendo en su población, mejor harían analizando concienzudamente los diversos aspectos que han provocado este fenómeno e investigando de forma seria y responsable cuáles son los aspectos de la sociedad norteamericana que les conviene trabajarse en lugar de transmitir, a través de personajes arrogantes (y a la hora de la verdad, ignorantes de la verdadera sociedad que los rodea), que el uso de las redes sociales es para anormales o taraditos. Mi más humilde opinión de usuaria (responsable) de Facebook.
Santiago, Julio de 2011
Todo en esta vida consiste en una sencilla y cotidiana verdad: las despedidas. Y el mejor y más importante aprendizaje que los seres humanos podemos adquirir a lo largo de los años es el de aprender a despedirnos con la mayor elegancia posible. Y en esto, que podría ser parte del ideario de Oscar Wilde, radica toda la sabiduría del supremo acto de decir adiós. En esto consiste el arte de la despedida: en aprender a desplegar y desarrollar dicho talento con la máxima eficiencia, delicadeza y finura, integrándolo a nuestro bagaje emocional y experiencial de forma natural y espontánea.
