martes, 23 de agosto de 2011

Cuando oscurece...


Cuando todo oscurece a nuestro alrededor, sólo una cosa queda por hacer: esperar tranquilamente a que nuestros ojos se acostumbren a la oscuridad.

Sólo entonces comenzaremos a ver nuevamente la luz...


Santiago, 23 de Agosto de 2011

miércoles, 3 de agosto de 2011

Canciones... Y mi padre


Todas las noches le canto a mi hija Maián una o dos canciones antes de que se duerma. No soy muy tradicional en ese menester, por lo que a lo largo de los años mi pequeña – que ya tiene siete – ha escuchado todo un amplio repertorio de Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Paco Ibáñez, Violeta Parra, Víctor Jara, Payo Grondona y otros numerosos cantautores. Curiosamente, la mayor parte de las canciones que le canto las aprendí en mi infancia, en el exilio que nos deparó a mi familia y a mí al otro lado del Atlántico y del mundo el golpe de estado de 1973. Esta noche le tocó el turno a “Tiempo de vivir” de Silvio Rodríguez y “Valparaíso” de Osvaldo “Gitano” Rodríguez. Ambas canciones, elegidas por mi padre para mí, las tengo en un cassette que él me regaló hace muchos años y que recopiló junto a varias otras que, él sabía, me gustarían; entremedio, una de mis favoritas, “Los momentos” de Eduardo Gatti. Mi padre, siempre presente, siempre cerca de mí y de quien dentro de dos días se cumplirán nueve años desde su partida. Mi padre, porteño orgulloso y admirador del “Gitano”, falleció esperando “aquel famoso tiempo de vivir” que cantaba Silvio, pero en esa espera nos regaló momentos preciosos e inolvidables y nos entregó a quienes lo amábamos todo el amor que precisábamos para seguir viviendo y seguir amando. Mi padre, quien pese a su mal oído musical, disfrutaba de las canciones de Juan Gabriel, de la voz maravillosa de Amaya y Paloma San Basilio y que en su juventud (y su madurez) fue un fiel admirador del indiscutible Rey del Rock, Elvis... Mi padre, quien con su infatigable sentido del humor nos hacía reir a mi hermana y a mí cuando hacía bromas sobre nuestros cantantes favoritos del momento (los '80 europeos estuvieron plenos de motivos para agudezas de su parte) y que con su cigarro en los labios y una taza de café compartida con mi madre escuchaba “Mocedades” y Neil Diamond con el deleite que da el saber disfrutar de las cosas sencillas de la vida... Arte que mi padre dominaba...

Que nueve años no es nada, como cantaría el tango...

Te quiero mucho, papá.

Santiago, 3 de Agosto de 2011

viernes, 8 de julio de 2011

"Una mala noche" (relato breve)

El día que enterramos a Miguel en aquel descampado el tiempo no podía haber estado más inclemente. Llovía a cántaros y el viento azotaba con ráfagas furiosas los desgreñados arbustos que rodeaban la fosa que cavábamos. Con semejante tormenta, esperar la pálida complicidad de la luna era una presunción ilusa: plena noche y bajo aquellas condiciones climáticas adversas apenas si percibíamos el reflejo de las palas o el brillo de nuestras cabezas empapadas. Por supuesto, dada la precipitación con que debimos emprender el improvisado funeral, ninguno de nosotros portaba una linterna. Ninguno de nosotros esperaba que Miguel muriera y menos de la forma en que murió, aunque dada la urgencia con que debimos deshacernos del cadáver, esto último era lo de menos. Lo peor de todo era la sensación irritante de que la tierra, convertida en una masa de barro inmanejable, se confabulaba con la lluvia para hacer de nuestro ya aciago trabajo una labor intolerable. Cada palada parecía perderse en un esfuerzo enfangado que parecía no tener propósito ni final, de manera que cuando creía haber descargado de la fosa una cantidad nada desdeñable de tierra fuera de ella, por el rabillo del ojo percibía la masa amorfa de barro que resbalaba hacia el interior, de regreso. Casi me parecía escuchar una risita burlesca proveniente del fango entre el sonido aullador del viento, el repique de la lluvia contra las palas y la respiración agitada de mis compañeros. No era la mejor noche para enterrar un cuerpo y menos de aquella manera. No era la mejor noche para embarcarse en un crimen. No era la mejor noche, simplemente. El cuerpo de Miguel reposaba a un lado de la fosa, entre un par de arbustos sarmentosos, aunque apenas si conseguía distinguirlo con los ojos anegados por el agua de la lluvia y las lágrimas. No me avergonzaba llorar, máxime porque ninguno de los otros estaba en condiciones de notarlo. Lo que sí me preocupaba era el cansancio que parecía apoderarse de mí con cada palada y el ahogo que comenzaba a sentir, que obviamente atribuí al esfuerzo físico que estaba realizando. Por suerte había dejado de fumar un año antes, aunque era curioso que me viniera a la mente un rasgo de temporalidad porque hacía ya mucho que había perdido la noción del tiempo y me era imposible determinar el lapso que llevábamos cavando aquella fosa. De hecho, apenas si sentía mis manos, aferradas a la pala y a la labor de cavar con un empeño ciego, trémulo, cargado de pánico. El frío intenso que recorrió mi cuerpo fue la primera señal de alerta, pero peor fue caer en la cuenta de que mis piernas estaban atoradas a la altura de las rodillas, acercándose peligrosamente a mis muslos, enterradas en la fosa que seguíamos abriendo con denuedo febril. Mi primer intento por moverlas y sacarlas del fango fue en vano, y aquello me aterró. Entre los rugidos del viento y el agua de lluvia que anegaba mi boca, conseguí proferir un grito, alertando a mis compañeros y pidiéndoles ayuda. Fue entonces cuando noté que mis compañeros no estaban a mi lado. El último sonido que escuché fue el choque de mi cuerpo con el de Miguel, que simplemente dejaron caer sobre mí...

Santiago, 08 de Julio de 2011

miércoles, 6 de julio de 2011

Las redes sociales y la TV norteamericana

Hace unos días, viendo una serie policíaca en la TV, tuve la oportunidad de observar la simpleza y la hipocresía con que ciertos temas sociales se manejan a nivel de la cultura televisiva norteamericana. En este caso, el tema eran las páginas sociales de internet tipo Facebook, Twitter, etc. El psicópata de turno aprovechaba este tipo de redes y la calidad de vicio que éstas llegan a tener entre la gente joven para elegir a sus víctimas y perpetrar sus crímenes. A juicio de los doctos profesionales de la serie (un grupo de “profilers”, o sea, expertos en perfiles criminales), estas páginas y la popularidad que tienen entre sus usuarios eran un absurdo innecesario (“no entiendo qué le ven las personas a sitios como éstos”) y un peligro evidente; ninguno de ellos, por supuesto, tenía un perfil en FB ó Twitter y uno de ellos, incluso, ni siquiera manejaba un e-mail... O sea, mensaje subliminal: sólo los tontos/as utilizan el internet para comunicarse con otros o se crean un perfil en FB o en otras páginas sociales, y los que son más tontos/as aún entregan datos que ayudan a los criminales a cometer sus fechorías. En un momento determinado, uno de los expertos entrevista a la madre de una de las víctimas (todas mujeres jóvenes), y ésta da a entender que casi no sabía nada de su hija (supuestamente por culpa de las redes sociales).

En lo que a mí respecta, no hay que ser un genio para saber que todo instrumento o herramienta, mal utilizada, se puede convertir en un peligro, ya sea para uno/a mismo o para quienes nos rodean. E internet, en general, y las páginas de redes sociales, en concreto, no son una excepción. Pero el problema no está en el instrumento, sino en la persona que lo utiliza. Y generalizar considerando poco menos que retrasados mentales a todos/as aquellos/as que lo usan me parece tan pueril como ofensivo. Por otro lado, de siempre se ha sabido (y la TV y el cine norteamericanos así lo han mostrado a lo largo de décadas) que el norteamericano medio es terriblemente indiferente con su familia. Salvo que sean latinos o muy apegados a sus familias de origen mediterráneo, en general el profesional o técnico norteamericano suele salir del hogar parental y comenzar una nueva vida sin apenas contacto posterior con aquél, y con suerte habrá reunión familiar el Día de Acción de Gracias y Navidades. Por lo tanto pretender culpar a las redes sociales de que la madre de la serie apenas si supiera de su hija ya adulta es el colmo de la hipocresía. Además, si la señora tenía interés en saber de su hija, sus inquietudes, su realidad cotidiana, ¿no bastaba con que la visitara de vez en cuando?, ¿qué la llamara por teléfono?, ¿qué se preocupara un poquito más por acercarse a su hija si tan distante la notaba? Y, mucho más relevante, ¿por qué sería que la chica estaba tan “colgada” a una red social sino por soledad, por necesidad de comunicarse, por necesidad de atención?

Porque ésa es la estrategia de los guionistas norteamericanos (al menos de los mediocres): tirar el palo contra algo que les despierta alarma, pero no profundizar, no llegar al meollo de la cuestión, no indagar en los factores personales y psicológicos, familiares y sociales del ser humano. No analizar de forma seria y profesional qué está ocurriendo en su sociedad y por qué las redes sociales se han masificado y tienen el éxito que tienen en detrimento, muchas veces, de una vida social y familiar real y constructiva. Se conforman con denostar, con prejuiciar, pero no llegan al fondo del problema. Válgales el Cielo, no se vayan a dejar al “perfecto” american way of life mal parado...

En lo que a mí respecta, Facebook es una herramienta social que todo usuario debe usar con prudencia pero que puede resultar un instrumento muy eficiente para comunicarse, para conocer personas afines y también dispares, para informarse de cientos de cosas interesantes, para comenzar amistades virtuales que luego la cercanía física puede convertir en amistades reales y estupendas... Al menos, ésa ha sido mi experiencia hasta ahora, tras casi cinco años de abrir mi perfil de Facebook. Obviamente que como toda herramienta, es vulnerable al mal uso. En la serie, una amiga de una de las víctimas relata que ésta tenía más de mil amigos en Facebook y que se sentía “agobiada por la cantidad de mails que colapsaban su buzón de entrada”. Nuevamente lo mismo, el uso y abuso del instrumento, el cual depende de cada persona en concreto y no es, per se, inherente al instrumento en sí.

Si los norteamericanos están tan preocupados por las consecuencias psicosociales que las redes están teniendo en su población, mejor harían analizando concienzudamente los diversos aspectos que han provocado este fenómeno e investigando de forma seria y responsable cuáles son los aspectos de la sociedad norteamericana que les conviene trabajarse en lugar de transmitir, a través de personajes arrogantes (y a la hora de la verdad, ignorantes de la verdadera sociedad que los rodea), que el uso de las redes sociales es para anormales o taraditos. Mi más humilde opinión de usuaria (responsable) de Facebook.

Santiago, Julio de 2011

sábado, 25 de junio de 2011

"Las despedidas" (texto)


Todo en esta vida consiste en una sencilla y cotidiana verdad: las despedidas. Y el mejor y más importante aprendizaje que los seres humanos podemos adquirir a lo largo de los años es el de aprender a despedirnos con la mayor elegancia posible. Y en esto, que podría ser parte del ideario de Oscar Wilde, radica toda la sabiduría del supremo acto de decir adiós. En esto consiste el arte de la despedida: en aprender a desplegar y desarrollar dicho talento con la máxima eficiencia, delicadeza y finura, integrándolo a nuestro bagaje emocional y experiencial de forma natural y espontánea.


Desde el momento en que nacemos, comenzamos a dejar atrás cosas: llantos, risas, caricias, torpezas, cunas, biberones y chupetes que van dando paso a otro tipo de vivencias, experiencias y objetos y personas asociados que, a su vez, una nueva etapa de ese proceso multidimensional que llamamos vida dejará atrás, produciendo nuevas despedidas y nuevas etapas seguidas de otras etapas que finalmente desembocarán en ese gran y último adiós que es la muerte.


Y pese a que todos podemos reconocer y dimensionar en nuestro devenir presente, pasado y futuro cada una de las despedidas que hemos experimentado y que experimentaremos en los años venideros, lo cierto es que dominar el delicado arte de despedirse no suele ser uno de nuestros mejores logros, y sólo tras muchos años de formación y perfeccionamiento conseguimos un pálido reflejo de lo que debiera ser un hábito consolidado hasta el punto de la experticia. Pero no, lo cierto es que los seres humanos somos enormemente reacios a despedirnos, pese a que la historia de la humanidad, desde su prehistoria hasta el día de hoy, ha demostrado no sólo la gran importancia de este evento sino, sobre todo, su innegable e ineludible inevitabilidad.


Nos cuesta mucho decir adiós, al margen de cuán deseada o no sea la separación, al margen de cuánto nos haya pillado por sorpresa o cuánto hayamos planeado postergar o adelantar la despedida. Nos cuesta aceptar que éstas forman parte esencial de nuestra existencia, pues todo evento, persona o cosa susceptible de perderse, desaparecer o alejarse para siempre implica un vínculo o conexión emocional que al momento del adiós conlleva y conllevará siempre una intensa sensación de pérdida, de separación, de menoscabo en nuestra vida. Y la tristeza y desolación que pueden llegar a acompañar estas despedidas pueden incluso hacer que la persona se replantee su propia importancia vital, su propio sentido de pertenencia a este mundo, su propio valor como ser que se queda mientras el otro (o lo otro) desaparece...


No, no son fáciles las despedidas, sean éstas temporales o para siempre, aunque indudablemente las segundas siempre serán mucho más duras para nuestra vida emocional que las primeras, pues entonces la despedida se convierte en el fin implacable de una realidad que nos daba seguridad, a la que nos habíamos acostumbrado y en la que habíamos depositado nuestros mejores sentimientos, emociones, intenciones y expectativas. En suma, el fin implacable de una parte esencial de nuestra existencia, y asumir, aceptar e integrar esa verdad es una de las labores más potentes y a la vez delicadas de nuestra psiquis humana, con consecuencias de todo tipo.


Lo cierto es que nunca estamos preparados para la despedida, pese a lo recurrente que ésta es en nuestras vidas. Siempre conlleva un trabajo pesado para nuestra vida emocional y física, donde el cambio se vislumbra difuminado entre las neblinas de la incertidumbre y el corazón se nos entumece sintiéndose abatido entre el desconcierto de lo acontecido y la falta de resolución con que de pronto se presenta el futuro...


¿Es inevitable, entonces, este desgarro del alma cada vez que decimos adiós a un ser querido, a una situación, a una propiedad, a un objeto que ha estado presente en nuestras vidas por años? ¿Cómo podemos soslayar la despedida de manera que no implique un dolor tal en nuestro corazón que incluso ponga en peligro nuestra propia estabilidad emocional, nuestro arraigo en el mundo, nuestra sensación de pertenencia a lo que nos rodea? No podemos. Simplemente no podemos soslayar la importancia y consecuencias del adiós en nuestra existencia. No podemos impedir el sufrimiento que esto muchas veces nos causa. No seríamos seres emocionales si pudiéramos. Pero sí podemos afrontar el día después con mayor o menor sentido positivo. Eso sí podemos manejarlo y depende enteramente de nosotros. Sí podemos comenzar a entender que todo fin, toda separación y toda despedida implica el comienzo de una nueva etapa, de un nuevo ciclo, de una nueva vida, distinta y no necesariamente peor como motivo de la nueva ausencia, del nuevo adiós. Simplemente será diferente, tendrá características propias y por ello pondrá a prueba no sólo nuestra estabilidad emocional sino también nuestra creatividad, nuestra autoestima y nuestro amor a la vida... Aquellos que se queden en el umbral de esta nueva existencia serán los que sucumban al dolor y a la tragedia de la ausencia. Aquellos que lo traspasen con sus nuevos proyectos, ideas, anhelos e ilusiones bajo el brazo serán los que prosigan la jornada sintiendo que la esencia del sujeto u objeto del adiós sigue acompañándolos y formando parte de ese futuro cada día menos incierto, cada día más constructivo y esperanzador...


Noviembre de 2007

viernes, 17 de junio de 2011

"Imaginando vidas"


Todos los días, al llevar a mi hija al colegio, veo un vehículo detenerse en el semáforo de Avenida Ossa con Tobalaba y descender de él a un hombre en sus sesenta que se desplaza apoyado en un bastón. El hombre baja del vehículo, camina lentamente por el bandejón central de la avenida y luego atraviesa el semáforo en dirección a Príncipe de Gales, desapareciendo (desde mi perspectiva) en la esquina. Este hecho ha despertado en mí un antiguo juego solitario que jugaba de niña: el de imaginar la vida de una persona elegida al azar en la calle y visualizarla continuando su camino una vez que desaparecía de mi campo de visión. Este hombre, llegado en un automóvil que, obviamente, él no conduce, y salido al frío invernal de Santiago en medio de una avenida profusamente transitada, ¿adónde irá?, ¿hacia dónde y con qué fin dirigirá sus pasos lentos y precarios?, ¿quién lo esperará - imagino por las inmediaciones - y con qué estado de ánimo?. ¿Se alegran de verlo aparecer cada mañana pronto a dar las 8 de la mañana?, ¿es un jefe, un empleado, un jubilado que mata el tiempo desde muy temprano, el dueño de un local, su contable, su administrador, su gerente?. De niña jugaba a este juego generalmente cuando iba en una micro: con la frente apoyada en el vidrio del ventanal, elegía al azar una persona cualquiera que transitaba por las calles de Valparaíso, de Viña del Mar o de Oviedo y cuando la persona desaparecía de mi vista (ya porque la micro se ponía en marcha, ya porque la persona desaparecía dentro de un portal o una esquina), cerraba los ojos y la veía en mi mente entrar en una tienda, mirar a su alrededor en busca del artículo deseado, conversar con la dependienta, en fin, realizando toda una serie de actos que yo consideraba usuales, normales, predecibles en una persona. Hoy en día no necesito cerrar los ojos; me basta con apelar a mi experiencia de vida, a mi capacidad adulta de imaginar con rapidez y bastante precisión los pasos que otras personas pueden dar, a ciertas horas del día o de la noche, por la ciudad y qué tipo de acciones o reacciones podrán tener llegado el momento de la interacción con un tercero o simplemente en su deambular por las calles. ¿Son tan distintas sus vidas de nuestras vidas? ¿Somos todos tan predecibles, tan fácilmente etiquetables cuando ponemos a prueba nuestra capacidad imaginativa? Quién sabe, quizás a lo largo de estos años me encontré alguna vez con un asaltante de bancos, con un asesino en serie, con un estafador a gran escala, con un torturador, con un terrorista, con un científico loco planeando dominar el mundo y ni cuenta me dí y, por el contrario, le atribuí acciones y actitudes absolutamente anodinas y sencillas, cotidianas... Y aunque así hubiera sido, quién sabe si realmente acerté y en ese momento exacto lo imaginé tal como realmente se comportaba: como una persona normal, como cualquier otra, de la que nadie sospecharía una originalidad o peculiaridad especial. Lo cual nos lleva a reiterar la misma pregunta: ¿son tan diferentes las vidas de los otros en relación a las nuestras?

Santiago, 17 de Junio de 2011