sábado, 25 de junio de 2011

"Las despedidas" (texto)


Todo en esta vida consiste en una sencilla y cotidiana verdad: las despedidas. Y el mejor y más importante aprendizaje que los seres humanos podemos adquirir a lo largo de los años es el de aprender a despedirnos con la mayor elegancia posible. Y en esto, que podría ser parte del ideario de Oscar Wilde, radica toda la sabiduría del supremo acto de decir adiós. En esto consiste el arte de la despedida: en aprender a desplegar y desarrollar dicho talento con la máxima eficiencia, delicadeza y finura, integrándolo a nuestro bagaje emocional y experiencial de forma natural y espontánea.


Desde el momento en que nacemos, comenzamos a dejar atrás cosas: llantos, risas, caricias, torpezas, cunas, biberones y chupetes que van dando paso a otro tipo de vivencias, experiencias y objetos y personas asociados que, a su vez, una nueva etapa de ese proceso multidimensional que llamamos vida dejará atrás, produciendo nuevas despedidas y nuevas etapas seguidas de otras etapas que finalmente desembocarán en ese gran y último adiós que es la muerte.


Y pese a que todos podemos reconocer y dimensionar en nuestro devenir presente, pasado y futuro cada una de las despedidas que hemos experimentado y que experimentaremos en los años venideros, lo cierto es que dominar el delicado arte de despedirse no suele ser uno de nuestros mejores logros, y sólo tras muchos años de formación y perfeccionamiento conseguimos un pálido reflejo de lo que debiera ser un hábito consolidado hasta el punto de la experticia. Pero no, lo cierto es que los seres humanos somos enormemente reacios a despedirnos, pese a que la historia de la humanidad, desde su prehistoria hasta el día de hoy, ha demostrado no sólo la gran importancia de este evento sino, sobre todo, su innegable e ineludible inevitabilidad.


Nos cuesta mucho decir adiós, al margen de cuán deseada o no sea la separación, al margen de cuánto nos haya pillado por sorpresa o cuánto hayamos planeado postergar o adelantar la despedida. Nos cuesta aceptar que éstas forman parte esencial de nuestra existencia, pues todo evento, persona o cosa susceptible de perderse, desaparecer o alejarse para siempre implica un vínculo o conexión emocional que al momento del adiós conlleva y conllevará siempre una intensa sensación de pérdida, de separación, de menoscabo en nuestra vida. Y la tristeza y desolación que pueden llegar a acompañar estas despedidas pueden incluso hacer que la persona se replantee su propia importancia vital, su propio sentido de pertenencia a este mundo, su propio valor como ser que se queda mientras el otro (o lo otro) desaparece...


No, no son fáciles las despedidas, sean éstas temporales o para siempre, aunque indudablemente las segundas siempre serán mucho más duras para nuestra vida emocional que las primeras, pues entonces la despedida se convierte en el fin implacable de una realidad que nos daba seguridad, a la que nos habíamos acostumbrado y en la que habíamos depositado nuestros mejores sentimientos, emociones, intenciones y expectativas. En suma, el fin implacable de una parte esencial de nuestra existencia, y asumir, aceptar e integrar esa verdad es una de las labores más potentes y a la vez delicadas de nuestra psiquis humana, con consecuencias de todo tipo.


Lo cierto es que nunca estamos preparados para la despedida, pese a lo recurrente que ésta es en nuestras vidas. Siempre conlleva un trabajo pesado para nuestra vida emocional y física, donde el cambio se vislumbra difuminado entre las neblinas de la incertidumbre y el corazón se nos entumece sintiéndose abatido entre el desconcierto de lo acontecido y la falta de resolución con que de pronto se presenta el futuro...


¿Es inevitable, entonces, este desgarro del alma cada vez que decimos adiós a un ser querido, a una situación, a una propiedad, a un objeto que ha estado presente en nuestras vidas por años? ¿Cómo podemos soslayar la despedida de manera que no implique un dolor tal en nuestro corazón que incluso ponga en peligro nuestra propia estabilidad emocional, nuestro arraigo en el mundo, nuestra sensación de pertenencia a lo que nos rodea? No podemos. Simplemente no podemos soslayar la importancia y consecuencias del adiós en nuestra existencia. No podemos impedir el sufrimiento que esto muchas veces nos causa. No seríamos seres emocionales si pudiéramos. Pero sí podemos afrontar el día después con mayor o menor sentido positivo. Eso sí podemos manejarlo y depende enteramente de nosotros. Sí podemos comenzar a entender que todo fin, toda separación y toda despedida implica el comienzo de una nueva etapa, de un nuevo ciclo, de una nueva vida, distinta y no necesariamente peor como motivo de la nueva ausencia, del nuevo adiós. Simplemente será diferente, tendrá características propias y por ello pondrá a prueba no sólo nuestra estabilidad emocional sino también nuestra creatividad, nuestra autoestima y nuestro amor a la vida... Aquellos que se queden en el umbral de esta nueva existencia serán los que sucumban al dolor y a la tragedia de la ausencia. Aquellos que lo traspasen con sus nuevos proyectos, ideas, anhelos e ilusiones bajo el brazo serán los que prosigan la jornada sintiendo que la esencia del sujeto u objeto del adiós sigue acompañándolos y formando parte de ese futuro cada día menos incierto, cada día más constructivo y esperanzador...


Noviembre de 2007

viernes, 17 de junio de 2011

"Imaginando vidas"


Todos los días, al llevar a mi hija al colegio, veo un vehículo detenerse en el semáforo de Avenida Ossa con Tobalaba y descender de él a un hombre en sus sesenta que se desplaza apoyado en un bastón. El hombre baja del vehículo, camina lentamente por el bandejón central de la avenida y luego atraviesa el semáforo en dirección a Príncipe de Gales, desapareciendo (desde mi perspectiva) en la esquina. Este hecho ha despertado en mí un antiguo juego solitario que jugaba de niña: el de imaginar la vida de una persona elegida al azar en la calle y visualizarla continuando su camino una vez que desaparecía de mi campo de visión. Este hombre, llegado en un automóvil que, obviamente, él no conduce, y salido al frío invernal de Santiago en medio de una avenida profusamente transitada, ¿adónde irá?, ¿hacia dónde y con qué fin dirigirá sus pasos lentos y precarios?, ¿quién lo esperará - imagino por las inmediaciones - y con qué estado de ánimo?. ¿Se alegran de verlo aparecer cada mañana pronto a dar las 8 de la mañana?, ¿es un jefe, un empleado, un jubilado que mata el tiempo desde muy temprano, el dueño de un local, su contable, su administrador, su gerente?. De niña jugaba a este juego generalmente cuando iba en una micro: con la frente apoyada en el vidrio del ventanal, elegía al azar una persona cualquiera que transitaba por las calles de Valparaíso, de Viña del Mar o de Oviedo y cuando la persona desaparecía de mi vista (ya porque la micro se ponía en marcha, ya porque la persona desaparecía dentro de un portal o una esquina), cerraba los ojos y la veía en mi mente entrar en una tienda, mirar a su alrededor en busca del artículo deseado, conversar con la dependienta, en fin, realizando toda una serie de actos que yo consideraba usuales, normales, predecibles en una persona. Hoy en día no necesito cerrar los ojos; me basta con apelar a mi experiencia de vida, a mi capacidad adulta de imaginar con rapidez y bastante precisión los pasos que otras personas pueden dar, a ciertas horas del día o de la noche, por la ciudad y qué tipo de acciones o reacciones podrán tener llegado el momento de la interacción con un tercero o simplemente en su deambular por las calles. ¿Son tan distintas sus vidas de nuestras vidas? ¿Somos todos tan predecibles, tan fácilmente etiquetables cuando ponemos a prueba nuestra capacidad imaginativa? Quién sabe, quizás a lo largo de estos años me encontré alguna vez con un asaltante de bancos, con un asesino en serie, con un estafador a gran escala, con un torturador, con un terrorista, con un científico loco planeando dominar el mundo y ni cuenta me dí y, por el contrario, le atribuí acciones y actitudes absolutamente anodinas y sencillas, cotidianas... Y aunque así hubiera sido, quién sabe si realmente acerté y en ese momento exacto lo imaginé tal como realmente se comportaba: como una persona normal, como cualquier otra, de la que nadie sospecharía una originalidad o peculiaridad especial. Lo cual nos lleva a reiterar la misma pregunta: ¿son tan diferentes las vidas de los otros en relación a las nuestras?

Santiago, 17 de Junio de 2011

miércoles, 15 de junio de 2011

Thamar y el colegio




Thamar entró al  colegio a punto de cumplir los 6 años, a párvulos... y le quedó chico. Cuando la fui a buscar después de su primer día, le pregunté: ¿Qué hicieron durante la mañana? y ella contestó molesta: ¡Mamá! sólo hicimos cosas infantiles y me aburrí mucho. Le dije que así era el kindergarten, que estaba diseñado para niños pequeños. A la semana, la profesora me dijo que Thamar, en realidad, por su edad, tenía que estar en primero y que realmente se aburría, que no tenía que estar ahí. Prácticamente dirigía ella la clase. Y nos fuimos a la escuela de al lado, donde afortunadamente me la recibieron de inmediato, porque si no, habría tenido una hija frustrada haciendo cosas de muy niños -"¡imagínate, mamá, que la profe nos pone a dormir como los pollitos y a aletear y tonteras así"- un año entero. 
Y pasó a 1º de básica donde, nos dejó igual la impresión, a la profesora y a nosotros, sus padres, que también le había quedado un poco chico. Pero el destino le tenía reservada una enseñanza básica bastante  movida  entre compañeras y profesoras de Chile, Israel y España. Y no se puede negar que la aprovechó.

"El internet y las disciplinas del conocimiento humano"


Como psicóloga, siento que el fenómeno del ciberespacio y el internet ha calado hondo en nuestras sociedades civilizadas y ha creado una nueva realidad, virtual y paralela, al mundo real en el que existimos. Esta nueva forma de vida (porque el internet, para muchos -jóvenes y no tan jóvenes - no es sólo una entretención o una herramienta de trabajo, sino un modus vivendi) está creando todo un nuevo universo de relaciones interpersonales, una nueva forma de comunicarse y de conectarse y que, precisamente por ser nueva, no ha mostrado aún todo el amplio abanico de posibilidades y de consecuencias que conlleva y conllevará en nuestro mundo moderno.


La Antropología actual, a mi juicio, está teniendo dificultades para analizar el fenómeno porque éste, el del ciberespacio y el internet, es solapado, inconsistente, indetectable y muchas veces falso, y no entrega el espacio para hacer un análisis que no se llene de especulaciones e hipótesis difícilmente comprobables. Gracias a él, el ser humano puede crear, y de hecho crea, un mundo paralelo más cercano a la ficción que a la realidad, y es dentro de este concepto ficticio que los modernos antropólogos tienen que moverse, terreno bastante movedizo para una disciplina acostumbrada a estudiar sistemas de vida concretos, reales, tangibles, expresados claramente ante los ojos del estudioso.


Desde el punto de vista psicológico, es preocupante la forma en que este modus vivendi afecta, principalmente, a niños, adolescentes y jóvenes. Los más vulnerables son los niños y adolescentes, pues si unimos este grupo hetáreo al tema de las dificultades metodológicas para trabajar etnológicamente la realidad del internet, aparece algo evidente y peligroso: que si el adolescente está recién trabajándose su propia identidad, está lleno de conflictos internos sobre qué y cómo quiere ser, y aún está inmaduro emocionalmente para construirse una auto-imagen sólida, con mayor razón se le debe crear un inmenso desconcierto (que maneja con mayor o menor acierto, obligado a funcionar con la ley del ensayo-error) cuando, a través del internet, la realidad se vuelve virtual y un mismo interlocutor puede ser muchas cosas y ninguna a la vez. El adolescente, que está en proceso de auto-creación, necesita un mundo sólido a su alrededor, tanto para poder identificarse con él como para poder rechazarlo, y el internet le ofrece todo lo contrario: un mundo inestable, indefinible e inconstante que, lógicamente, no lo ayuda precisamente a construirse a sí mismo. De ahí la importancia vital de que los padres, el ámbito escolar y la sociedad aprendan a manejar y a controlar esta herramienta en esa etapa tan vulnerable del desarrollo de nuestros hijos/as.


De alguna manera, el internet ha pasado a cumplir el rol que no pueden darnos nuestros sueños cuando descansamos. ¿Cuántas veces nos hemos dormido deseando poder soñar con algo en concreto y esto rara vez ocurre? ¿No sería estupendo poder soñar exactamente lo que deseamos? Nuestros seres queridos ausentes, lugares que añoramos, situaciones que deseamos, las vidas de otros que envidiamos, la vida que desearíamos tener y no tenemos... Todo eso y mucho más “programaríamos” en nuestros sueños, ¿verdad? Pero no. Una especie de mecanismo o “sabiduría” inconsciente nos impide hacerlo, lo cual es una bendición, pues eso nos obliga a poner en práctica todas nuestras ilusiones y anhelos, a trabajar para hacer realidad nuestros sueños en lugar de volvernos meros entes soñadores pasivos, que sólo soñando logran vivir su vida. Pues bien, el internet está logrando precisamente esto, que tan prudentemente nuestro inconsciente nos ha negado por millones de años: construir nuestras vidas a imagen y semejanza de nuestros sueños, no de nuestras realidades; crear mundos ficticios donde finalmente conseguimos alcanzar nuestras metas y ser, finalmente, felices. Sí, es una realidad virtual, pero quién se lo hace entender a nuestros adolescentes y jóvenes, cada día más seducidos por un medio que, sin necesidad de mover un pie de su casa (a muchos de su habitación) les concede la realización de sus sueños en cosa de minutos.


Y volviendo a la Antropología, que actualmente analiza a fondo este tema y se enfrenta al desafío de explicarlo con sus propias herramientas:¿cómo puede el antropólogo trabajar una materia de estudio basada en las ilusiones, los sueños, los anhelos y las ficciones del ser humano? Tradicionalmente, eso ha sido materia para la poesía, para la metafísica, para la Psicología, pero no para la Antropología tal y como está concebida en la actualidad. Quizás ha llegado el momento de llevar a cabo algunas modificaciones a su metodología y a su objeto de estudio...


Santiago, Julio 2008


miércoles, 25 de mayo de 2011

"La deshumanización de la Economía"


Tres años atrás, escribí este artículo, y a la luz de los acontecimientos actuales - la crisis económica global que actualmente atraviesa el planeta, con consecuencias gravísimas y aún impredecibles - considero que está vigente y que aborda, de alguna forma, las razones de la génesis de la situación actual: la deshumanización que ha caracterizado la Economía y que ha abocado al mundo al incierto abismo al que hoy en día se asoma...

"Hace ya unos años, me llamó la atención la negativa de Nestor Kirtchner, entonces presidente de Argentina, a pagar los intereses de la deuda externa que su país tenía (y supongo sigue teniendo) con el Fondo Monetario Internacional... Y sin pretender salir en defensa del sujeto antes mencionado, pues me parece que su postura era demagógica y sólo buscaba un alza de su popularidad a costa de una medida que bien podía costar muchos disgustos al pueblo argentino, el hecho es que esta “salida” de Kirtchner me resultó interesante por lo que implicaba, por lo que significaba y por su calidad de síntoma de algo que hace mucho tiempo que el mundo está adoleciendo, y es de la deshumanización de sus medidas y planteamientos económicos... El FMI se fundó hace 60 años, bajo el auspicio de la ONU, con el fin, por un lado y principalmente, de funcionar como un ente estabilizador y equilibrador de las economías mundiales, objetivo que no siempre ha podido cumplir y de lo que son claro ejemplo las continuas crisis económicas mundiales que ha habido, sobre todo durante los ’80 y ’90... El otro supuesto objetivo del FMI era contribuir, a base de préstamos con intereses blandos (alrededor del 4% anual es el que tenía que pagar Argentina), al desarrollo socioeconómico de los países más pobres o en vías de desarrollo... Desde esa perspectiva, tendríamos que haber visto, a lo largo de estos más de 60 años, varias cosas que, de hecho, NO se han visto: por un lado, la desaparición gradual del FMI, pues si por definición su meta era la del desarrollo de las naciones, la lógica habría hecho esperar que a base de créditos con intereses blandos, la mayoría de las naciones de este planeta alcanzaran un grado de desarrollo tal que los convirtiera en autosuficientes y no precisaran, a la larga, de mayores créditos... ¿Ha sido así? Por el contrario, la brecha entre países ricos y pobres, en estos últimos 60 años, se ha agudizado; el capitalismo, como forma de vida y como mecanismo de autogestión, se ha ido radicalizando de forma insana, convirtiéndose en un capitalismo cada día más recalcitrante, extremo y totalmente afianzado en todos los países del orbe; a los únicos que el dinero del FMI parece haber llegado es a los empresarios de cada nación, pero no se puede observar un aumento del desarrollo social en ninguna parte (no, al menos, que derive de los créditos del FMI) y, cuando se trata de que la deuda se devuelva y los intereses se paguen, el FMI carece de toda ética y no demuestra interés ninguno por los DD HH o los crímenes de lesa humanidad (piénsese en el caso de Pinochet, quien se mantuvo en el poder por 17 años sin que nadie moviera un dedo internacionalmente contra él – mientras Cuba sufría y sufre un implacable bloqueo económico – pues el dictador pagaba puntualmente la deuda chilena con el FMI, incluyendo los intereses) En suma, que considerando el impresionante poder que le otorga el manejar de facto la economía mundial, el hecho es que el FMI no funciona mucho mejor que los bancos quienes, a más pequeña escala pero no menos deshumanizadamente, sólo ven números y no seres humanos cuando de lucrar se trata... El FMI se formó y trabaja con el dinero que cada uno de sus países socios aporta, y se supone que no concede créditos salvo que el país solicitante entregue un programa claro y explícito de los fines que dará a ese dinero, pero cuando esos fines no se cumplen y el dinero cae en manos corruptas o criminales, ellos sólo miran la parte que les interesa: recuperar el dinero prestado (más los correspondientes intereses); los seres humanos son soslayables, sólo el dinero importa...

Alguien podría argumentar que el fin del FMI es estrictamente económico y que para salvaguardar el respeto a los DDHH y constitucionales de las personas existen otros organismos como la ONU, o la UNICEF, o la FAO... Pero mi propuesta implica no continuar con esta disociación casi esquizofrénica de dos realidades humanas, la economía y el respeto de todos los derechos básicos del ser humano... Un ente que presta dinero no tiene más ética que la de esperar que se lo devuelvan... Creo que ha llegado la hora de que las cosas cambien, que el manejo de la economía mundial se humanice, que cuando hablemos de economía no pensemos sólo en números, tablas, ecuaciones, ganancias y pérdidas financieras, sino en calidad de vida, en derechos básicos del ser humano, en personas, en desarrollo social...

El FMI es un ente omnipotente, un dios contemporáneo que desprecia a los seres humanos como tales y que sólo ve la vida bajo el signo del dólar... Y mientras la economía no se humanice, mientras este aspecto de la vida humana no sea atravesada transversalmente por la ética, por el aspecto valórico de la existencia, por los principios mínimos que toda entidad humana debe tener, el mundo seguirá otros 60 años (por no decir 60 siglos, si es que se llega a eso) viviendo las inmensas diferencias económicas que hoy en día viven las diferentes naciones, y seguiremos inmersos en sistemas sociales cada día más metidos en el concepto de “eres lo que tienes” o “vales lo que ganas”, aumentando la brecha entre ricos y pobres, aumentando la desvalorización del ser humano como tal, auspiciando sociedades de consumo implacable donde nuestros niños y adolescentes crecen permanentemente insatisfechos y ansiosos por tener cosas más que en ser buenos seres humanos... El FMI se perpetuará en el tiempo, la economía mundial seguirá siendo deshumanizada y el ser humano seguirá considerando la economía como un ente abstracto, que no entiende, que lo supera y que, sin embargo, afecta decisivamente y decide por él en cada uno de los otros aspectos de su vida...

De hecho, que surjan sujetos como Kirchtner es claro síntoma de las vulnerabilidades de un sistema deshumanizado; que pueda venir un mandatario a meter el dedo en la boca a sus electores con una medida demagógica como esa es claro síntoma de la deshumanización de la economía; que la existencia del FMI no haya, de hecho, ayudado a ninguna nación a desarrollarse socio-económicamente, demuestra lo maquiavélico del juego: se erigen como entes plenipotenciarios de la economía mundial, pero en el fondo su único objetivo es lucrar a costa de los países más débiles, los cuales nunca saldrán de pobres, pues si así fuera, significaría la desaparición del FMI y el fin de su lucrativo negocio..."

Santiago, Septiembre de 2008

viernes, 20 de mayo de 2011

El "absentismo parental"


Desde hace ya más de dos décadas que el tema de los “niños monstruos”, referido a aquellos hijos e hijas convertidos para sus padres en un auténtico desafío por su tiranía, agresividad e indisciplina, saltó a la palestra en Estados Unidos y en Europa. Niños de tres o cuatro años en adelante que ponían en jaque la autoridad paterna, las reglas y normas del hogar, y el respeto a la integridad de sus progenitores. Veinte años después el tema sigue vigente, aunque ya se ha convertido en una materia que ha superado los límites familiares para pasar a ser una cuestión de índole social. Ya por ese entonces, los investigadores (psicólogos, sociólogos, pediatras, etc.) se preguntaban por las causas de dicho fenómeno y la respuesta resultó ser bastante simple: los estilos educacionales de los padres modernos, huyendo de la rigidez y la marcada jerarquización de antaño, habían cambiado y dado pie a otros mucho más permisivos, supuestamente más libres y respetuosos de la expresividad del niño/a pero que, a la luz de los resultados, demostraron estar mal concebidos y peor ejecutados. Dos décadas después de expuesto el fenómeno, muchos países han ido observando cómo la tendencia delictual vinculada a menores de edad se ha ido incrementando alarmantemente. Cada vez es mayor el número de delitos provocados por niños/as menores de 18 años y cada vez menor la edad a la que se comienza a delinquir. Obviamente que este hecho no sólo implica a menores de edad cometiendo crímenes y causando víctimas, sino un incremento, asimismo, de su vulnerabilidad y su tendencia a ser, a su vez, victimizados.


En Chile, como en otros muchos otros países del mundo en vías de desarrollo, este tipo de tendencias nos llegan con años de retraso, pero finalmente nos llegan. Sin ánimo de estigmatizar a nadie, creo que todos hemos sido testigos de los numerosos aspectos en los que las vidas de nuestros adolescentes y jóvenes se ven envueltos, hoy en día, en delitos violentos (robos a mano armada, violaciones, homicidios), acciones violentistas (revueltas callejeras), agresiones intraescolares (el ya famoso fenómeno del “bulling” o matonismo) y eso destacando sólo los aspectos en que la violencia hacia otros se pone de manifiesto. Por otro lado, tenemos toda una serie de eventos relacionados con el consumo y abuso de alcohol y drogas, con el consiguiente detrimento en la calidad de vida y el desempeño escolar y académico de los niños/as y adolescentes, del cual no sólo podemos responsabilizar a las capacidades infraestructurales o financieras del establecimiento escolar (tema muy en boga actualmente por la polémica LGE), sino a la disposición personal, la orientación hacia el logro o la motivación interna de los alumnos, de su interés por los estudios, y este aspecto está tan relacionado con el espíritu y las actividades que promueva el centro escolar como con la calidad de las relaciones que el niño, adolescente y joven tiene con su medio y con sus seres queridos, sobre todo con sus padres.


Es un hecho que hoy en día las relaciones paterno filiales no son iguales a las de antaño, y es también un hecho que no son mejores. Sin intención de caer en la vieja cantinela de “todo tiempo pasado fue mejor”, la realidad es ésta: los niños/as y adolescentes chilenos están demostrando actitudes, conductas y motivaciones que delatan que algo no está funcionando bien en el ámbito familiar. Una tendencia preocupante a la falta de empatía, al egocentrismo recalcitrante, a no valorar el esfuerzo paterno por salir adelante, a ser absorbidos por una sociedad basada en el consumo y la tenencia de cosas, a considerar que no tienen que esforzarse por nada porque para eso están los padres proveedores, a pasar a llevar la autoridad paterna y materna, a defender a ultranza sus derechos mientras, en paralelo, hacen todo lo posible por eludir sus responsabilidades son algunas de las características que pueden observarse en muchos niños/as y adolescentes en la actualidad. Muchos padres, alentados por teorías psicopedagógicas tan maravillosas como peligrosas por su falta de rigurosidad y huyendo del modelo rígido vivido en su propia infancia, fueron buscando estilos de educación y formación que buscaran una mayor “democratización” del ámbito familiar, sin caer en la cuenta de que una relación padres-hijos, por definición y para su propia conservación, nunca podrá ser democrática. Y esto, que suena tan feo y que hará arrugar la nariz de más de uno/a, es una verdad como una casa, porque los roles de padre, de madre y de hijo/a son roles muy delicados, que necesitan de una definición clara, sin fisuras y con límites claros, pues cuando estos se pierden, se pierde el rol en sí, y en ese momento no es sólo la relación la que se pone en peligro sino el desarrollo y construcción completa de nuestros hijos como seres humanos. Toda relación padres e hijos necesita de una jerarquía y de un respeto a los espacios y a los límites como tales para que se desarrolle de forma productiva y feliz para todos. El hijo que crece en un hogar sin límites claros, sin reglas mínimas, sin hábitos en sus horarios, sin normas que lo guíen, sin pautas que le ayuden a saber hacia dónde dirigirse y sin respeto a la autoridad de sus padres, por un lado está creciendo con la enorme responsabilidad (que su inmadurez emocional no maneja adecuadamente) de tener que decidir por sí mismo en materias donde aún necesita guía y apoyo y, por otra, al no tener figuras de autoridad a las que enfrentarse cuando llegue a la adolescencia (etapa donde la rebeldía y la autodeterminación comienzan a aflorar) ¿contra qué se va a rebelar si sus padres hace tiempo ya que le permitieron todo o casi todo?


Creo importante aclarar que cuando hablo de autoridad no estoy hablando de autoritarismo, que cuando hablo de reglas y normas no estoy hablando del “come y calla” y que cuando hablo de jerarquía y disciplina no estoy hablando de tiranías. Este tema me parece demasiado serio como para perder el tiempo en aclaraciones innecesarias, pero sentí que era pertinente hacer esta precisión.


Y todo esto me lleva al título de esta nota, porque finalmente llegamos a donde quería llegar: al peligro que suponen los fenómenos antes descritos y que, en su conjunto, yo calificaría de “absentismo parental”. Porque son los padres los primeros y principales responsables y creadores de los estilos educacionales que decidan implementar en sus hogares. Y por ello, cuando el estilo se caracteriza por uno permisivo, abocado a dar cosas para no tener que dedicar tiempo, poco comprometido con el verdadero significado del rol de padre o madre, y más centrado en sus vidas particulares que en la vida familiar y en las necesidades reales de sus hijos/as, yo no puedo menos que recurrir a ese término, “absentismo”. Que el padre y/o la madre son personas vitales en la vida de los hijos es una verdad indiscutible. Y unos padres motivadores, preocupados y atentos pueden marcar una diferencia significativa en la forma en que sus hijos crezcan, se desarrollen, se desenvuelvan y aprendan las lecciones de la vida. Hace ya tiempo escuché a la psicóloga Pilar Sordo decir que la gran mentira de la sociedad chilena y largamente repetida por los padres es “no tengo tiempo” para mis hijos. Pues lo cierto es que no se trata de una cuestión de tiempo sino de prioridades, de la forma en que priorizamos ese tiempo. Y que así como le dedicamos tiempo a un telediario, una telenovela o un partido de fútbol, así también podríamos dedicar ese tiempo a la familia, a los hijos/as.


En fin, vayamos ahora a las propuestas, a las alternativas. Porque una cosa está clara: a nadie le gusta el estilo educacional rígido del “come y calla”, de la cachetada por cualquier expresión de opinión (que antaño se calificaba de insolencia) ni de “aquí se hace lo que yo digo porque para eso soy tu padre”. Ese estilo educacional no respetaba las necesidades del niño ni su dignidad, y no potenciaba el desarrollo de una mente creativa y constructiva. Pero el estilo permisivo tampoco lo logra y tiene el agravante de que ha generado mucha confusión en las mentes infantiles y adolescentes, una creciente desarmonía en la estructura familiar y altos niveles de insatisfacción tanto en padres como en hijos/as. Niveles de insatisfacción que tanto en unos como en otros, cuando superan todos los límites, estallan en hechos como la violencia adolescente en las calles o los infanticidios (doloroso hasta las lágrimas el reciente caso de la niña de nueve años asesinada a golpes por su madre por no leer un libro asignado como tarea escolar) provocados por un nivel de presión (personal, familiar, social) tan alto que ni niños ni adolescentes ni adultos consiguen manejar de forma constructiva.


Yo abogaría porque junto a medidas políticas y económicas de énfasis en la Educación, exista un proyecto o programa gubernamental para la recuperación del rol parental, un proyecto de culturización a gran escala y a lo largo de todo el país que trabaje el reforzamiento de los lazos familiares, la educación de los roles de padre y madre, su significado, su importancia, su adecuado desempeño. Una campaña que nos ayude a la prevención del absentismo parental y a su recuperación. Nadie nace sabiendo ser padre ni madre, son roles que se aprenden con la experiencia y el ejemplo, y ante fenómenos como el abandono, la desprotección, la desmotivación, la delincuencia juvenil, el abuso sexual a menores, el absentismo escolar, el maltrato infantil y el infanticidio debería haber una iniciativa por parte del Gobierno para trabajar esta área, la del rol parental, y subsanar de esa forma, de raíz, tantas carencias, deficiencias y penurias que afectan a los niños, adolescentes y jóvenes en nuestro país.


Quizás estoy soñando. Pero conozco muy pocos logros y conquistas en la Historia de la Humanidad que no hayan partido de sueños. No nos dé vergüenza, como padres y madres, admitir que muchas veces nos sentimos desorientados, que hay cosas que nos superan en nuestro rol, que la sociedad actual nos presiona, que no es fácil educar en estos tiempos pero que, por encima de nuestra perplejidad, amamos a nuestros hijos/as y queremos lo mejor para ellos/as.

Santiago, año 2008