martes, 1 de marzo de 2011

"La vieja" (cuento)



La vieja miraba al vacío con pánico creciente. El tiempo seguía su curso y los primeros fríos del otoño empañaban ya las miradas de sus vecinas, todas ancianas como ella, todas sintiendo ese vértigo tan común al presentir la inminencia de la muerte. De nada servía cerrar los ojos, pues aunque estos ya no respondían a la luz ni a los colores del jardín como antes, su notoria vejez no los había inutilizado completamente. Aún podían percibir cuanto las rodeaba: las flores tan diligentemente cuidadas, los escurridizos insectos, las avecillas saltarinas, los gatos intrépidos, las personas en sus quehaceres cotidianos, los automóviles raudos hacia sus destinos, el rocío embriagador de las madrugadas, el centelleante sol de las tardes y las estrellas titilantes de las noches. No había llegado aún el relevo, las nuevas generaciones que ella nunca conocería. Aún era pronto, aún faltaban unos meses y antes de eso el vacío aterrador la contemplaba con la frialdad de lo inevitable. La vieja tembló aterida, en parte por la sacudida repentina de una fría brisa, en parte por miedo. Siempre supo que ese momento llegaría, o mejor dicho, quizás no fue consciente de ello desde un principio, pero el paso del tiempo le fue enseñando muchas cosas. El tiempo es un buen maestro de la vida, quizás el mejor, y la vieja había aprendido mucho, o al menos eso pensaba. Ignorante como fue su juventud imbuida en la tersura de su piel, convencida de la importancia de su savia efervescente y de su belleza, con el transcurrir de aquél fue sintiendo con mayor fuerza la esencia comunitaria de su existencia. Ella no era única, ni era especialmente bella ni valiosa, ni estaba sola. Con sólo girar la mirada en cualquier dirección podía ver a las otras, y si una sonrisa casual era suficiente para elevar su espíritu, la conciencia de su cometido común era la respuesta que necesitaba para comprender la intensidad de su fuerza y de su importancia.

Un golpe suave de viento, una nueva sacudida, un nuevo temblor. Hacía frío ya en el jardín, en la calle, en la piel. El otoño se aproximaba y con él el final de un ciclo, el final de tantas cosas. La vieja recordaba sus primeros días en la comunidad, la frescura de espíritu de sus compañeras, la lozanía de sus cuerpos, la perfección de sus rasgos. Hermosas, vitales, jóvenes. En esos días, nada había más divertido que recibir desnudas el baño de la lluvia, retozar bajo los rayos divinos del astro rey, juguetear con la brisa primaveral, meditar en la languidez del atardecer y esforzarse aplicadamente durante la noche en cumplir su cometido. Ciencia. Sin duda, y aunque carecieran de un laboratorio propiamente dicho, su labor era indiscutiblemente científica. Y todas ellas eran expertas, específicamente preparadas para su función. Natura da y natura labora. Con la pericia que sólo la constancia otorga a un trabajo bien hecho, cada noche cumplían con sus horas de empeñosa fabricación y cada amanecer descansaban, exhaustas pero satisfechas, bajo el baño del rocío matutino.

La vieja añoraba esos días, pues aunque la dedicación era exclusiva y las horas de trabajo en ocasiones se hacían interminables, ella aún rememoraba los murmullos divertidos, las risas silenciosas, la complicidad que las unía, la amistad que las hermanaba, la labor en medio de la noche, tranquilas, concentradas pero no por ello aisladas cada una en su tarea. Una misión colectiva tiene esa ventaja, la de la compañía forzosa y cálida, la compenetración hacia un resultado perfecto. Nunca fue testigo de desavenencias o conflictos. La labor era meticulosa, sistemática y no había lugar a dudas ni abusos. Y aunque no había cabida tampoco para la creatividad ni la originalidad pues la labor estaba definida en pasos claros y precisos, al menos nunca hubo tampoco la posibilidad de que unas trabajaran más que las otras o que algunas osaran descansar mientras sus compañeras debieran esforzarse el doble por causa de su negligencia. Eso nunca ocurrió, nunca que ella lo viera. Y llegado el momento del retiro, todas lo hacían a la vez, nadie aventajaba a otras ni recibía un despido antes de tiempo, salvo que condiciones adversas muy específicas o imponderables, que siempre los hay obviamente, así lo obligara. La igualdad era total, y aunque ella recordaba muchos momentos, durante el día, de imaginar otros mundos, de desear un poco más de libertad que la que el viento insinuaba, de pensarse distinta y especial, de disfrutar de la idea de ser única, lo cierto es que adoraba su comunidad, a sus compañeras, a sus colegas, a sus cómplices, a sus amigas, a sus hermanas... La vida era plácida, raras veces algún evento sorpresivo inquietaba tan armónico universo, y la conciencia de ser no sólo cientos sino miles de ellas unidas, juntas, luchadoras infatigables, trabajadoras por naturaleza, fuertes dentro de su evidente fragilidad las mantenía firmes y valerosas ante cualquier infortunio.

La vieja rememoraba feliz, con una sonrisa en los labios. Sus recuerdos iban y venían, su mente ya no era la de antaño pero esas vivencias y remembranzas nadie podría borrarlas. Quizás sólo el vacío, pero eso sólo lo sabría llegado el momento. Las tandas comenzaban a sucederse. Algunas de sus compañeras ya se habían ido, pero el grueso permanecía aún en su lugar. Hacía ya días que el color de su uniforme había cambiado, les habían entregado otro menos vistoso, marrón o amarillo según categorías, y ya la fábrica había cerrado hasta la llegada de la próxima remesa. Ya no trabajaban de noche, por lo que éstas transcurrían en perpetua contemplación, conversando bajito para no despertar a los vecinos, meditando sobre lo que se avecinaba, imaginando diversos fines para sus frágiles cuerpos, muchas de ellas muertas de la risa señalando hacia abajo y reconociendo a las que habían partido primero, convencidas de terminar en una plaza mucho más lejana. Si el viento se amansa, el viaje se retrasa, murmuraban. La vieja miraba su nuevo uniforme, su nueva piel y percibía la textura áspera y reseca, tan diferente a la flexibilidad y tersura de su juventud. No añoraba nada, el tiempo no había sido su enemigo, sólo el emisario de un nuevo destino, de una nueva misión que si bien ahora le era desconocida, no por ello estaba exenta de valor, de esencia.

¿Por qué entonces el miedo al vacío? Tenía plena conciencia de que un nuevo ciclo se acercaba, de que su labor en ese lugar había terminado y era perentorio partir. Todo salto hacia lo desconocido asusta, reflexionaba para sí, sin percibir que la mayor parte de sus hermanas, a su alrededor, sentía lo mismo, el mismo miedo, el mismo terror silencioso, la misma aprensión hacia ese salto ineludible. Varias de ellas sintieron el remezón a la vez: un golpe de viento brusco y sorpresivo, seguido de unos goterones de lluvia incipiente las sacó de sus cavilaciones y las empujó en el aire, precipitándolas al abismo. La vieja estaba entre ellas. Abrió los brazos resecos, inspiró con fuerza el aroma a tierra húmeda y contempló el tronco del árbol que durante tantos meses había sido su hogar mientras descendía suavemente hacia el suelo, acunada por el viento, refrescada por la llovizna de fines de mayo...


Santiago, 16 de Mayo de 2007

No hay comentarios:

Publicar un comentario