miércoles, 2 de marzo de 2011

"Desde el balcón" (cuento)


Era una mañana como cualquier otra, y el cielo azul y transparente auguraba un día claro, con un sol que, si bien no sería más que un mero adorno durante la jornada, al menos brindaría brillo y luminosidad a un día tan neutro como habían sido los anteriores y serían los demás. Para ella los cielos despejados y transparentes no auguraban mucho más que un lento paso de las horas, asomada a su balcón. Quizás hubo una época en que su lugar en el mundo le significó algunos cuestionamientos y reflexiones introspectivas, pero si así había sido carecía ya de importancia para ella: en su naturaleza no había lugar, y quizás nunca lo había habido, para planteamientos existenciales. Y cada mañana asomar su cabeza somnolienta por los negros barrotes al despertar conllevaba un alborozo feliz, una expectación cargada de promesas y sorpresas, pues la avenida era amplia, bulliciosa, cargada de estímulos promisorios, y las primeras luces de la mañana siempre estaban acompañadas del sonido de las rejas que los pequeños comerciantes, casi como si de una disciplinada orquesta se tratara, comenzaban a emitir sus melodías particulares: la reja de la verdulería, los postigos chirriantes de la zapatería, los ventanales amplios de la tienda de ropa, el enrejado siempre bien aceitado de la carnicería, de manera que la calle despertaba a la vida como toda orquesta a punto de comenzar su recital, afinando sus instrumentos con sumo cuidado y probando en leves acordes la música que pronto, en conjunto, se convertiría en una sinfonía, una serenata diurna, la de la avenida saludando a la mañana y combinando su armónica apertura matinal con el taconeo apresurado de las damas, los bocinazos de los buses y los automóviles, las toses y estornudos de los transeúntes, las risas de los niños y el ladrido de los infaltables perros vagabundos a la espera de un desayuno de caridad a las puertas de los locales.

Y eso no había cambiado con el tiempo. Ella, en todo caso, no habría podido asegurarlo, pues nunca aprendió a contar las horas ni a entender la relación obvia entre el transcurso de los días y los cambios que inevitablemente se iban sucediendo a su alrededor. Su tiempo era un tiempo anclado en un mundo atemporal, donde la vida no se medía en base a las hojas de un calendario sino de acuerdo a las alegrías y las penas que experimentaba al recibir, en su alma frágil y sensible, las sensaciones, emociones y sentimientos que la calle le arrojaba desde la distancia, pues aunque el balcón se hallaba a tres pisos del suelo, ella percibía con claridad los tonos de voz, los suspiros, los llantos reprimidos, las risitas misteriosas, los gruñidos, los murmullos, la agonía súbita de un susto repentino y, con mayor fuerza, los gritos enardecidos, las carcajadas frescas, los ladridos secos y acompasados, los aullidos desconsolados... Todos esos sonidos con su mensaje, su intencionalidad y su carga emocional le llegaban nítidos, insuflando su espíritu de sentimientos tan ajenos como intensos, alimentando sus anhelos de saber, de conocer, de ver más allá de la persistencia metálica de sus barrotes, y haciendo temblar su cuerpecillo con la vibración de cada sonido, de cada entonación, de cada inflexión de voz, de cada ruido proveniente de la calle, y más aún si el paso de un vehículo pesado hacía vibrar también el balcón, provocando un sismo de proporciones en su pequeño mundo.

El agua cayó sobre ella en forma de lluvia fina y delicada. Como el sol lucía ya en el cielo, miró atenta hacia arriba, esperando ver un arco iris asomándose colorido y aterciopelado sobre su cabeza. Allí estaba, o mejor dicho, allí estuvo, pues el arco iris apenas duró unos segundos, casi el mismo tiempo en que la breve lluvia se descargaba y el ventanal del balcón se cerraba detrás suyo. Sintió entonces la vida recorrer su menudo cuerpo, la frescura del agua transitar por sus venas y una sensación de vigor y alegría la invadió por completo. Estiró sus brazos y contempló las finas puntas de sus dedos brillar bajo el sol, mientras el revoloteo insolente de un insecto la distrajo hasta que terminó por provocarle cosquillas, lo que la hizo reír queda y suavemente, como era habitual en ella. El silencio había sido siempre su refugio, su resguardo, su garantía de tranquilidad y sosiego. Y la soledad de su balcón el amigo fiel, el camarada que desde siempre le había brindado su sensación de privilegiada, de testigo único de un universo majestuoso que se extendía allá abajo, a lo largo y ancho del alcance de su vista, arrullada por esos sonidos que, de tan conocidos, se habían convertido en un santuario particular que su calidad de espectadora única transformaba cada día en un templo íntimo donde la deidad a adorar y su devota sacerdotisa eran la misma entidad.

Había llegado el momento del aseo personal. Sintió la puerta del ventanal abrirse con parsimonia y las palabras de la anciana llegaron desde arriba; su tono de voz cálido y apaciguador la tranquilizó ante la presencia aterradora de las tijeras. Sintió un corte seco en una de sus extremidades, pero no hubo dolor pues se trataba de una hoja ya marchita, innecesaria en ese cuerpo lozano y fresco. La vio caer sobre la tierra de su maceta, y luego contempló con secreta complicidad los dedos de la anciana recoger la hoja y arrojarla por el balcón, hacia el universo melodioso de la calle, mientras acariciaba la tersura de su tallo y tarareaba, para ella, una canción antigua...

Santiago, 24 de Mayo de 2007

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